UN LUGAR PARA SOÑAR

UN LUGAR PARA SOÑAR
puesta de sol en la Alhambra

domingo, octubre 29, 2006

La máquina del tiempo

La otra noche, sin venir a cuento, recordé una obra de teatro que interpretamos hace un montón de años; me vi en el escenario caracterizada como una anciana, ni mi propia familia fe capaz de reconocerme, leyendo con dificultad un periódico en el prólogo de una obra de Jardiel Poncela en la que hacía dos papelitos. No recordaba aquello desde hacía años, pero evoqué la sensación que tenía en aquel escenario, desde el que no era capaz de ver a nadie, aunque sabía que cientos de miradas estaban puestas en mí, la seguridad, la ilusión cuando oyes los aplausos, la satisfacción del trabajo bien hecho... Fue una época maravillosa, y sobre todo, lo que más me gustaba era la cantidad de actividades que era capaz de llevar a cabo a la vez en aquel entonces sin notar fatiga. Solo ilusión y ganas.
Me encantaría poder volver a tener toda aquella energía, tanta fuerza, tantas ganas. Ojala pudiera volver atrás para poder vivir nuevamente todos esos momentos.
Los buenos momentos fueron los que pasaron más rápidamente, se escaparon entre los dedos como el agua cuando intentas abarcarla con las manos: eres incapaz de retenerla por más que lo intentas, y finalmente en las manos sólo te queda la humedad, como un recuerdo de lo que fue.
Siempre he tenido un fantasía: poder manejar el tiempo, poder dar marcha atrás para revivir aquellos momentos que merecieron la pena y evitar aquellas experiencias que no fueron tan agradables o que terminaron en errores que más tarde he tenido que lamentar. Sería maravilloso poder contar con una segunda oportunidad, volver a retomar tu vida en el momento por ti elegido, disfrutar de nuevo de todo aquello que hoy recuerdas con felicidad y evitar aquellas decisiones que hoy sabes que fueron erróneas.
Por desgracia la máquina del tiempo no existe, nadie puede volver a su pasado para enfrentarse de nuevo a las alternativas que dejó escapar, no hay una segunda oportunidad para la vida.
Atrasamos o adelantamos los relojes según nuestra conveniencia, pero no nos damos cuenta de que realmente nosotros no dominamos el tiempo, sólo podemos contarlo, pero el tiempo pasa, y como dice Bebé, corre en patines cuesta abajo y no tiene freno.
Las máquinas del tiempo, hoy por hoy, sólo existen en la imaginación, y tal vez sea así mejor. Será mejor intentar disfrutar el momento e intentar aprender algo de lo vivido en el pasado.

jueves, octubre 26, 2006

Obras en casa. Problemas de comunicación

Tengo obreros en casa, y esta vez no es por mi propio gusto. Mientras escribo estas líneas un operario no para de destrozarme las paredes y el techo a base de maceta y cortafríos; un sonido nada agradable que me va a hacer estallar la cabeza.
Encontrar un buen albañil es difícil, pero encontrar uno que además trabaje a tu gusto y haga las cosas como se le piden debe ser misión imposible. Prefiero no acordarme de la última vez que hice obra en casa... estuve a punto de acabar en un manicomio, nada se hacía según lo acordado, los plazos no se cumplían, destrozaron lo que no tenían que tocar e hicieron las cosas según les convino. Menos mal que finalmente terminaron, y una vez lo vez todo acabado empiezas a olvidarte de todas las desgracias.
Bueno, pues hoy hemos tenido otro problema con los obreros. Según la normativa actual tienen que cambiarnos todo el tendido electrico de la Comunidad, y necesitan meternos nuevos tubos en el domicilio hasta el cuadro del diferencial. Yo les he pedido que por favor no tocaran las paredes, que hicieran la obra por el techo, que no tenían que hacer más que un agujero de entrada y otro de salida, y aprovechando el carambuco podían llevar los nuevos tubos de un lado a otro con el mínimo esfuerzo. Les he vuelto a repetir que tuvieran cuidado con la pared, que no hace un año que se dio de llana y se pintó. ¿Entonces por qué cuando me he dado la vuelta se han puesto a picar en la pared?, ¿por qué me han roto la pared si después han aprovechado el carambuco del techo como se les había dicho?, ¿tenían necesidad de trabajar en balde o sólo lo han hecho por llevarme la contraria?
Os aseguro que mi castellano es perfecto y que tengo una buena dicción, así que sólo me queda por pensar que los albañiles hablan una jerga diferente. Y encima ahora les voy a tener más tiempo en casa para cerrar la roza que nunca debían de haber abierto.
Ya se sabe: cuando un albañil entra en tu casa sabes cuando ha llegado, pero no cuándo ni cómo se marchará.

viernes, octubre 20, 2006

Cuentos de colores. La joven del pelo naranja


La noche que vino al mundo en el cielo se desató una gran tormenta. Los gritos de su madre quedaron ahogados por el estallido de un poderoso trueno que alcanzó el campanario del pueblo destrozando totalmente la torre de la iglesia. “Mal augurio”, predijo la partera que la ayudó a venir al mundo. Su madre murió dos días después entre terribles dolores y sin confesar quien era el padre de aquella criatura. El abuelo se vio solo con aquella niña que le ganó el corazón desde el primer minuto de vida.
Fue bautizada entre las ruinas de la iglesia con el nombre de Sara; aquella vez todo el pueblo la oyó llorar. Muchos se acercaron a verla con curiosidad, pero nadie fue capaz de encontrarle un parecido, aunque todos coincidían en alabar la belleza de aquella criatura de piel blanquísima.
El abuelo no encontró un ama de cría disponible para aquella niña y se vio obligado a alimentarla con la leche de una de las cabras de su rebaño, pero, pese a todo Sara fue creciendo sana y fuerte, y sobre todo extrañamente bella.
Un día el abuelo observó que la pelusa que crecía en la redonda cabecita de la niña iba tomando un preocupante tono anaranjado. Aquello era desconcertante, ¿a quién demonios salía aquella niña? Desde aquel día el viejo se preocupó de cubrir la cabeza de la niña con gorros, pañuelos o cualquier trapo que encontraba por la casa.
Durante un tiempo el viejo se dedicó a escudriñar a todos los habitantes del pueblo, y más tarde a los de la comarca, intentando encontrar entre todos ellos algo que pudiera reconocer en las facciones de la niña, tarea en la que no obtuvo ni el más pequeño éxito.
Sara demostró ser un bebé especial desde el principio. Comenzó a gatear mucho antes que la mayoría de las criaturas, y antes de cumplir el año ya andaba perfectamente; también comenzó a hablar prematuramente y con sólo un año y medio tenía un vocabulario extenso que manejaba a la perfección. Muy pronto también desarrolló una fuerza que llamó la atención de su abuelo, y una capacidad especial para entenderse con los animales. Pero, lo que más preocupó al anciano fue descubrir que la pequeña manejaba con una soltura especial su mano izquierda, mientras que la habilidad con su mano derecha era escasa. Prácticamente ya no tenía ninguna duda, aquella niña tenía todos los signos, y no podía ser una simple coincidencia, Sara era hija del demonio.
El temor más grande que jamás hubiera experimentado se apoderó de aquel hombre. Quería demasiado a aquella chiquilla, pero sabía que debería de deshacerse de la niña antes de que ésta creciera y se convirtiera en una criatura diabólica. Le parecía imposible pensar que un ser tan adorable como Sara, con aquella sonrisa tan dulce y aquellos ojos grises tan alegres pudiera llegar a ser alguien peligroso, pero había aprendido que alguien así sólo podía ser la última descendiente del diablo y que estaba llamada a hacer cosas monstruosas.
Faltaba poco para celebrar el cuarto cumpleaños de la niña. Aquella noche, una vez que Sara se hubo acostado, el abuelo se tomó dos vasos del licor más fuerte que encontró en la casa para infundirse un poco de valor, y armado con el cuchillo de matanza bien afilado entró en la habitación y se dirigió al camastro donde dormía la niña. Las piernas le temblaban, pero estaba decidido; con una mano tapó la boca de la pequeña y mientras, con la otra, trató de cortarle el cuello, pero en el último momento se echó atrás.
Sara oyó llorar desconsoladamente a su abuelo toda la noche. No había tenido valor para hacerlo, no podía matar a una criatura, y mucho menos a su querida nieta; además, aunque fuera hija del mismo demonio, también lo era de su propia hija, una criatura buena y abnegada hasta el fin de sus días, así que ¿por qué no iba a ser Sara una buena niña?
Desde aquel momento la máxima preocupación del viejo fue que nadie en el pueblo descubriese las señales de Satanás en su nieta. Coloreaba el pelo de la niña con las más extrañas substancias, y seguía cubriendo su cabeza con cualquier clase de tocado; vendó su mano izquierda y se la inutilizó atándosela a la espalda para así obligarle a ejercitar la derecha; exponía a la niña al sol para que su piel se curtiera y tomara el tono de cualquiera de los habitantes del lugar, y sobre todo, evitaba el contacto de Sara con los lugareños.
Sara creció confinada entre los muros de su hogar, sin apenas tener contacto más que con su abuelo y con los animales, pero feliz, porque tampoco añoraba lo que no conocía. En la pequeña huerta de la casa cultivaban todo tipo de hortalizas y verduras, y en el corral gallinas, conejos, cabras y un par de cerdos aseguraban la alimentación de la pequeña familia y descartaban el aburrimiento.
En la adolescencia la belleza de Sara llegó a su máximo esplendor, su piel brillaba con una luz especial, sus mejillas y su boca se volvieron más sonrosadas, sus formas se volvieron curvas, y su pelo centelleaba al sol como las llamas de las hogueras la noche de San Juan. Y su voz, su maravillosa y cálida voz aún la hacía más atractiva.
Todo ello no hacía si no añadir más preocupaciones al abuelo, que cada vez veía más mermadas sus fuerzas. Cuanto más intentaba mantener oculta a la muchacha, más difícil se le hacía, y pronto por todo el pueblo comenzaron a surgir rumores.
Las habladurías comenzaron a recorrer la comarca de boca en boca. Hubo quien habló de un extraño ser cuya visión era tan horrible que era mejor mantenerla escondida; otras voces hablaban de una maldición que la madre había echado a su hija antes de morir y que la había convertido en un monstruo; e incluso había quienes decían que el viejo la mantenía recluida porque era tan bella que no deseaba compartirla con nadie. Como quiera que fuese, todos aquellos chismes no hicieron sino excitar aún más la imaginación y la curiosidad de los vecinos, que inventaban mil tretas para tratar de ver que escondía el anciano en su casa.
Sara se mantenía ajena a todo aquello hasta que una noche el abuelo comenzó a sentir unos fuertes pinchazos en su brazo. Sabiendo que la muerte le estaba rondando, hablo con su nieta de las señales que el demonio le había dejado como herencia, de las supersticiones del pueblo, del castigo a aquellos que como ella estaban marcados y del tremendo amor que le tenía. Le contó todos sus temores y le aconsejó lo que debería hacer si él fallecía.
Dos días después el pueblo se despertó a media noche por los aullidos que todos los perros coreaban al unísono y comprobaron que en la casa del viejo se había desatado un incendio. Nada pudieron hacer por el anciano, cuando llegaron ya había muerto. Sofocaron como pudieron el fuego y buscaron entre los restos de la casa, pero no hallaron a nadie más, incluso los animales habían desaparecido.
Con el revuelo del incendio nadie se fijó en la carreta que cargada con los animales y unos pocos enseres había salido del pueblo y se adentraba en el bosque.
De madrugada Sara halló la cabaña que años antes su abuelo le había preparado en un claro del bosque, junto a un arroyo. Allí podía comenzar una nueva vida alejada de los rumores y las supercherías del pueblo.
Cultivaba la tierra, cuidaba de los animales, cantaba a pleno pulmón y vivía más o menos feliz en su cabaña.
Una tarde fue sobresaltada por un hombre que escapando de la justicia había resultado herido. Sara le cuidó durante varios días y sanó sus heridas con los mismos remedios que su abuelo le había enseñado a aplicar a los animales. Cuando el hombre se recuperó le contó su historia y la de los otros moradores del bosque, desheredados, inadaptados,bandidos, huídos de la justicia, o simplemente pobres.
Una mañana Sara encontró junto al río a una muchacha semiinconsciente, cubierta de sangre y harapos. Sara la trasladó a su cabaña, donde le lavó, curó sus golpes y heridas, preparó ungüentos y calmantes y la cuidó hasta que la muchacha pudo contarle su relato. Se llamaba Áurea y era bruja y sanadora, como lo habían sido todos sus antepasados; preparaba ungüentos y brebajes, pócimas y venenos, drogas y remedios, sanaba huesos y cuerpos y leía el futuro en las vísceras de los animales y en las líneas de la mano, e incluso se aventuraba a interpretar sueños y a realizar predicciones astrológicas. Siendo niña su madre y ella entraron al servicio del cacique de su comarca, al que durante años guiaron y protegieron, siendo ampliamente recompensadas. Pero la enfermedad entró en la casa del conde y los remedios de las brujas no fueron suficientes para desterrarla, y las predicciones tampoco fueron halagüeñas. Por todo ello fueron acusadas, torturadas y condenadas. La madre de Áurea había muerto en la celda, y ella había escapado cuando la trasladaban con otras mujeres acusadas de brujería.
Áurea se recuperó y se quedó a vivir con Sara en la cabaña.
De cuando en cuando aparecía por la cabaña algún hombre herido, algún enfermo, o alguien que requería los cuidados y atenciones de cualquiera de las dos mujeres.
Una noche de luna llena Sara estaba bañándose en el río cuando vio aparecer a un joven con el pelo y la barba del mismo color que su melena. Se sintieron mutuamente atraídos e hicieron el amor hasta la salida del sol. Con el alba aquel joven desapareció sin haberle dicho a Sara ni siquiera su nombre, pero dejando en ella su simiente.
Una fría noche de invierno Sara dio a luz una criatura con la ayuda de Áurea, una niña de luna llena a la que decidieron llamar Selena.
Por la comarca se extendió el rumor de que en el bosque vivía una mujer con el pelo naranja y capaz de detener a cualquier hombre con la fuerza de su mano izquierda, una bruja que tenía tratos con el demonio, y que curaba a los bandidos y a los perseguidos a cambio de sus almas impuras. Por su captura se ofrecía una importante recompensa.
La mañana en que fue capturada Sara se encontraba sola en el bosque recogiendo hierbas. Hicieron falta tres hombres para reducirla. Fue acusada de brujería y tratos con el diablo, y como castigo la condenaron a la muerte en la hoguera, pero antes raparon su anaranjada cabellera y cortaron su mano izquierda, trofeos que quedaron expuestos en la plaza mayor para recordar el triunfo del pueblo sobre el maligno.
Pese a todo, por la toda la región siguió hablándose hasta nuestros días de mujeres de cabello de color del fuego que curaban con la ayuda del señor de las tinieblas y que podían ver el futuro.
A veces, paseando por el bosque hay quien ha logrado ver una joven con una melena anaranjada flotando, corriendo entre los árboles.
Dicen que las noches de luna llena de la primavera se reúnen en un claro del bosque junto al río un grupo de mujeres que bailan desnudas a la luz de la luna en busca de un hombre al que seducir...

martes, octubre 17, 2006

Buenos dïas tristeza



La vida no es tan idílica como nos la muestran en las películas, ni tan fascinante como nos hacen creer en las novelas, ni si quiera tan interesante como la soñamos en la niñez y en la juventud. No, la vida, al menos la mía, no resulta atractiva.

Según van pasando los años, me da más la impresión que somos como plantas, como cualquier otro ser vivo de la creación, que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. En eso consiste nuestra vida, y para llevar a cabo todo ese proceso nos inventamos situaciones que nos hacen más llevadero el proceso, pero son sólo ilusiones, pequeños instantes de felicidad que hay que saber atrapar para poder vivir.

Por desgracia, yo no sé conformarme con esas ilusiones, no sé atrapar esos pequeños instantes de felicidad, y le pido más a la vida, algo que no me sabe dar. A lo largo del tiempo he ido perdiendo las ilusiones, porque no se puede creer en ellas, son personajes ficticios creados por nuestra imaginación, y como tal, no tienen defectos. Sin embargo, cuando haces realidad alguna de esas ilusiones, la cruda realidad te golpea de frente mostrándote la cara menos simpática, la que no habías programado.

Dicen de mí que soy sensible e inteligente, si es así, ¿ por qué no soy capaz de ser feliz como los demás?, ¿por qué no sé explicar qué le falta a mi vida, qué es eso que anhelo pero que encoje mi alma y me hace llorar y estar tan triste?, ¿por qué no puedo dejarme llevar como los demás?

Ayer estaba bien, mi voz sonaba cantarina, y de hecho fui capaz de convencer a través del teléfono a catorce personas de que me encontraba bien, serena y moderadamente feliz. Sin embargo, por la noche me encontré tumbada en la cama, oyendo como la lluvia golpeaba suavemente los cristales, con la mirada fija sobre el techo de mi habitación mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas hasta la almohada sin poder hacer nada por evitarlo. No sé en qué momento, ni por qué resorte la tirita que cubre y sujeta las heridas de mi alma se desprendió, y la angustia y la pena se adueñaron de mí. ¿Cuando seré capaz de controlar esta desazón? ¿Acaso estoy obligada a convivir toda la vida con la señorita tristeza?

Sólo espero que esta angustia desaparezca pronto y que la sonrisa aparezca natural de nuevo en mi rostro, y recuperar las ganas de tener ilusiones, por pequeñas que estas sean, que me permitan continuar en el camino de la vida.

Señorita tristeza, ¿sería usted tan amable de desaparecer de mi vida y permitir la llegada de las señoritas esperanza e ilusión?

lunes, octubre 16, 2006

Sonríe, por favor

Hay personas que salen de casa con cara de cabreo, otras como si se acabasen de comer un limón ácido, y las hay que parece que los zapatos que se han puesto sean dos números menos de los que necesitan. Te los encuentras en el metro, en el autobús, en la cola de la caja del supermercado, ante una ventanilla de reclamaciones o al abrir la puerta del portal y de pronto parece que el día se ha nublado repentinamente. ¡ Con lo fácil y lo económico que es sonreír !
Cuando sales de casa con la sonrisa puesta todo parece ir mucho mejor, el día es más luminoso, la gente es más agradable y los problemas se empequeñecen un poco.
La sonrisa es contagiosa, abre puertas y facilita mucho las tareas.
¿No has probado nunca a pedirlo todo con una sonrisa en la cara? Te puedes llevar gratas sorpresas, a veces sirve para encontrar mesa en un restaurante en el que no has hecho reserva, otras veces sirve para que te den un buen asiento en un espectáculo, o para que te adelanten una cita médica, o simplemente para que te den una negativa, pero con dulzura.
Una sonrisa franca es capaz de desarmar al funcionario más seco de cualquier ministerio, de ayudar a ganar batallas casi perdidas, y de conseguir el perdón.
Así que mañana, cuando vayas a salir de casa, recuerda llevar puesta la mejor de tus sonrisas, que además combina perfectamente con lo que te pongas, te embellece y te rejuvenece más que el mejor de los maquillajes.

martes, octubre 10, 2006

Reflexiones

Después de unos cuantos días sin escribir nada en mi blog, las ideas se me han ido acumulando, así que va siendo hora de volcarlas.
La semana ha comenzado con la noticia de que Corea del Norte ha realizado su primera prueba nuclear. Por si no teníamos bastante con el terrorismo islamista, al-Qaeda, Bin Laden, los talibanes, el señor Bush, y alguno más, ahora el mundo entero debe preocuparse por los desvaríos de un enano -perdón, bajito- tirano megalómano que mata a su pueblo de hambre pero que es capaz de gastar el noventa por ciento del presupuesto de su país para convertirlo en una potencia militar. Me recuerda ligeramente a otro tirano que fue capaz de llevar a medio mundo a la guerra... ¿por qué será que los la mayoría de los tiranos no dan la talla?
Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer; detrás de un déspota suele haber un gran complejo.

Mientras, en nuestro país, la noticia sigue siendo el fútbol. Si no teníamos bastante con la patética actuación de la selección Española de Luís Aragonés, ahora tenemos también la polémica del partido entre las selecciones de Euskadi y Cataluña. Yo propongo que para los próximos Mundiales se permita la participación de la selección de mi barrio, y no digo de mi comunidad de vecinos, porque entre todos los inquilinos tal vez no fuéramos capaces de formar un equipo de once jugadores en forma, que si no, también.

Cambiando de tema, ayer leí en un suplemento dominical un reportaje sobre un crucero para “singles”. Lo que más me llamó la atención era la desproporción entre hombres y mujeres: 200 féminas para 400 caballeros (que alguno lo sería, seguro).
Como digo, el dato me llamó poderosamente la atención porque muchas de mis amigas y conocidas están entre ese grupo de, llamemos impares (solteras, separadas, divorciadas...) y sin embargo no tengo consciencia de que ellos estén en la misma situación; lo que tampoco tengo tan claro es que unos y otros tengan las mismas ambiciones. Mis amigas no están buscando nada, y en su mayoría no tienen intención de cambiar su actual estado, mientras que ellos siguen pensando que el estado ideal del hombre es la pareja, a veces, cuantas más mejor, pero siempre con pareja.
Curiosamente, además, algunas de mis chicas “impares” han elegido este mes para viajar, entre otros destinos a Turquía y Egipto, y, desde luego, ninguna de ellas tiene el pensamiento de encontrar una pareja en estos destinos. Una de ellas el otro día me dijo que actualmente cuando tiene una cita, le bastan cinco minutos para saber si tendrá una segunda, porque dice que no está dispuesta a ejercer de maestra de nadie, que no tiene necesidad de cambiar a nadie, y sobre todo, no tiene necesidad de cambiar nada de su vida, ni si quiera su soledad. Me encantan las chicas que lo tienen así de claro y que son así de independientes.

Por último hoy quería hablar de televisión. Cada vez tenemos más canales, y cada vez menos programas que merezcan la pena ser vistos. A veces me gustaría saber que criterio siguen los programadores de televisión para emitir todos a la vez el mismo tipo de programa en el mismo horario, o el intermedio de más de diez minutos todas las cadenas a la vez, tal vez sea un fenómeno de hipnosis catódica. Ahora la última moda es la reposición; a algunas cadenas les ha dado por volver a programar antiguos formatos con nuevo decorado y nuevo presentador y a otras, directamente, la repetición de una serie que triunfó una década atrás. Lo que está claro es que en la televisión de nuestro país la originalidad y la creatividad brillan por su ausencia.
Por cierto, sin saber cómo, el otro día me encontré viendo una de estas viejas series. He de decir que en su momento, cuando medio país estuvo enganchado, no fui capaz de ver entero ni uno de sus capítulos, y sin embargo, ahora me veo absorta por un argumento que se parecía bastante a parte de mi vida... ¿casualidad, hipnosis catódica o es que me estoy haciendo vieja como la serie de televisión? No lo sé, pero creo que veré el capítulo siguiente a ver si la protagonista me enseña cómo salir victoriosa de esta situación.

martes, octubre 03, 2006



Se acabó lo que se daba; ya estoy de vuelta.

Me está costando mucho adaptarme de nuevo a la rutina, a esta ciudad, al otoño, a todo, pero no se puede vivir continuamente de espaldas a la realidad.

Además, incluso en la burbuja artificial las lágrimas y la desilusión han hecho su aparición. Hay cosas de las que una, por más que quiera, no es capaz de huir.

Bueno, hay que volver a la realidad, al trabajo, a los quehaceres diarios. Hay cientos de historias pendientes de ser creadas, muchas anécdotas que quieren ser contadas, algunas noticias que merecen ser analizadas, viajes, rutas y escapadas que quiero compartir, y cuanto antes empiece, más fácil será.

Adiós arena, adios olas, hasta pronto mar.

martes, septiembre 19, 2006

Cuentos de colores. La hoja roja

Primavera
Se conocieron en una fiesta. Ella estaba a punto de cumplir los dieciocho y había acudido como acompañante y carabina de su prima. Él estaba con un grupo de amigos celebrando la obtención de su plaza como profesor titular en la Universidad.
Ella se sentía fuera de lugar en aquel guateque. Sentada en un rincón, bebiéndose la enésima coca cola, esperaba a que su coqueta prima dejara de flirtear con un par de chicos.
Él reparó en aquella chiquilla y quiso alegrarle un poco la noche. Se sentó a su lado, hizo un par de comentarios graciosos para hacerla sonreír y reparó en que cuando lo hacía sus ojos chispeaban y cambiaban de color. Le invitó a una copa, y cuando se levantó para ir a la barra se dio cuenta de que aquella mujercita le había embrujado con su mirada. Cuando ella le besó él supo que ya no podría, ni quería, separarse de ella, al menos hasta que la noche acabase.
Al día siguiente fue a buscarle.
Al otro también. Y a la vez que la primavera comenzaba a florecer nació un romance entre dos seres tan distantes como los once años que les separaban.
Marina estaba ávida de conocimientos y Carlos gozaba proporcionándoselos. Ella comenzaba a descubrir un mundo del que él ya estaba de vuelta. Él le hablaba de los lugares en los que había estado, las gentes a las que había conocido, los libros que había leído y los sentimientos que había experimentado y ella deseaba vivirlo en su propia carne.
Carlos fue para Marina su primer amor, su primer amante, su maestro, su líder, lo era todo; para Carlos aquella chiquilla se convirtió en la mujer más importante de su vida, a la que más había amado.
Marina tenía miles de sueños por cumplir y Carlos lo sabía. El verano siguiente Marina quiso viajar, conocer mundo, estudiar otras culturas y otras gentes y Carlos supo que debía dejarla libre.
Se separaron sin lágrimas, sin ruido, casi sin palabras, pero con los corazones rotos. Los dos sabían que se amaban, pero para ninguno de ellos era el momento.

Verano
Marina viajo, aprendió idiomas, experimentó, estudió, obtuvo su diploma y consiguió un trabajo que le gustaba. Se enamoró tantas veces como se desenamoró a lo largo de aquellos años, incluso llegó a compartir su casa con un hombre durante un breve periodo.
Había llegado el momento, estaba preparada para reencontrarse con Carlos, ahora que ya había cubierto sus necesidades y que la distancia vital entre ellos había desaparecido.
Con los primeros calores las clases habían llegado a su fin, aunque Carlos permanecía en su despacho. Le recibió con una aparente frialdad que le costó bastante fingir. La encontró más bella, más madura y más atractiva de lo que conseguía recordar y mientras hablaba con ella en su estómago cientos de mariposas volvieron a revolotear, pero la realidad se imponía.
El atractivo profesor a sus treinta y seis años estaba a un paso de abandonar su soltería. La afortunada era una colega a la que había conocido dos años atrás en un curso de verano en el que ambos coincidieron como ponentes en la misma mesa.
Realmente parecía muy enamorado de Sandra.
Marina tuvo que disimular su desilusión, e incluso se inventó una relación inexistente para no quedar humillada ante Carlos.
Se despidieron deseándose lo mejor el uno al otro y sintiendo ambos que una puerta se cerraba y una nueva herida aparecía en sus corazones.

Otoño
Durante años no supieron nada el uno del otro.
Carlos escaló puestos en la Universidad, escribió un par de libros y coqueteó durante una temporada con la política.
La pasión de los primeros años de relación con Sandra se acabó muy pronto; tuvieron una hija y la rutina se instaló entre ellos. De cuando en cuando, para probar su virilidad, coqueteaba con alguna alumna, e incluso llegó a mantener un par de relaciones extramatrimoniales. Pero cuando la melancolía se instalaba en él las imágenes de Marina se apoderaban de su cerebro.
Para Marina al principio fue difícil, y durante un tiempo se dedicó a huir de los recuerdos y de sí misma. Cambió de ciudad, abandonó su carrera laboral, encontró un nuevo trabajo y se volcó en él. Durante un tiempo se cerró a todo lo que no tuviera que ver estrictamente con su trabajo, no había amistades, no había amores, no había tiempo de ocio, sólo trabajo, ascensos y aumento de responsabilidad.
Había llegado todo lo alto que podía llegar, y un día se dio cuenta de que había pasado de los treinta y estaba sola.
Conoció a un hombre tranquilo que le ofrecía serenidad para su corazón y seguridad para su vida. Tuvo muchas dudas antes de decidir compartir su vida con él. No había pasión entre ellos, aunque sí cariño, y Marina pensó que podría acostumbrarse con facilidad a esta vida tranquila. Se compraron un adosado con garaje y jardín y planearon un futuro con hijos, monovolumen y perro.
De cuando en cuando Marina tenía que viajar por motivos de trabajo. En aquella ocasión su avanzado estado de gestación le desaconsejaba tomar el avión y decidió viajar en tren. El viaje en tren hasta París se prolongaba por más de trece horas, y aunque había reservado una cabina individual en la que podría descansar cómodamente toda la noche, consideró acertado comprar algún libro.
Estaba eligiendo entre varios libros de una estantería cuando la imagen de una cubierta llamó su atención. Sí, era un libro de Carlos, y no había duda, la fotografía de la contraportada era él. Sin dudarlo un momento compró aquel ejemplar y deseó instalarse cuanto antes en su cabina para leerlo.
Miles de imágenes se agolparon de repente en su memoria, recuerdos que durante casi once años habían estado dormidos de pronto salían a la luz.
Devoró con ansia y curiosidad los primeros capítulos de la novela histórica firmada por Carlos, y en muchos gestos del protagonista descubría a su amado, e incluso en algunos pasajes encontró retazos de su propia historia de amor.
Estaba tan abstraída en la novela que decidió llevársela al vagón restaurante con tal de no perder un minuto de lectura.
Cuando el camarero fue a servir el segundo plato reparó en el libro, y le dijo que casualmente el autor de aquella novela se encontraba en el tren, cenando en una mesa a pocos metros de distancia.
Era una oportunidad que Marina no pensaba desaprovechar; armada con su libro, la mejor de sus sonrisas y precedida de una barriga de más de siete meses se dirigió a la mesa de Carlos para pedirle que le firmara su libro.
Él no pudo ocultar la sorpresa ni la alegría que aquella aparición había supuesto. Terminaron tomando los postres y el café juntos, hablando y riendo sin parar, como si no hubieran pasado once años desde el último encuentro. Se quedaron solos en el vagón restaurante, y decidieron prolongar la conversación en la cabina de Carlos.
A través de la ventanilla un tímido sol hizo su aparición por el horizonte, y ellos seguían hablando. Carlos sujetaba sus manos para refrenar las ansias que tenía de abrazar y recorrer el cuerpo de aquella mujer, y ella se mordía el labio inferior para calmar el deseo de besarle.
París siempre ha sido la ciudad del amor, pero a ninguno de los dos la estación de Austerlitz les había parecido un lugar tan hermosa como en aquella ocasión.
Marina ni si quiera llegó a instalarse en su hotel. Intentaban cumplir con sus agendas lo más rápido posible para tener el resto del tiempo para ellos solos. Paseaban por la ciudad cogidos de la mano, besándose cada pocos pasos, hacían el amor varías veces cada noche, se amaban despacio, disfrutando de su pasión como dieciocho años atrás, cuando se conocieron.
Marina sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo, pero no quería renunciar a aquel momento.
Una semana pasa muy rápidamente, sobre todo cuando se vive con la intensidad que ellos lo hacían. La última tarde, antes de dirigirse al hotel pasearon como cualquier pareja de enamorados por los jardines de Luxemburgo. Una fina lluvia comenzó a caer y se protegieron de ella abrazados bajo un gran paraguas rojo que Marina había comprado esa misma tarde. No querían volver aún al hotel, porque los dos sabían que esa iba a ser su última noche y deseaban prolongar el momento lo más posible.
Pasearon buscando los caminos menos transitados, los rincones más solitarios. El otoño parisino había vestido a los árboles del parque con tonos rojos; algunas hojas habían empezado a caer al suelo mecidas por un viento cada vez más frío; una de aquellas hojas se posó sobre el abultado vientre de Marina y al ir a cogerla una mezcla de sentimientos de esperanza, alegría, angustia y culpabilidad se apoderaron de ella. Mañana tendría que volver a su realidad, a su tranquilo matrimonio, su cómoda vida, la espera de un hijo muy deseado por el padre, verle crecer, educarle.... La semana romántica en Paris con el hombre de su vida había sido sólo un espejismo, un sueño del pasado y del que ya había huido con anterioridad.
Carlos adivinó en su mirada todos aquellos pensamientos. La amaba más de lo que nunca imaginó, pero sabía que no podía tenerla, que esta vez había llegado demasiado tarde a su vida.
Marina guardó aquella hoja roja entre las páginas del libro de Carlos. El sol se había ocultado ya y el viento comenzaba a soplar con un poco más de fuerza. Se refugiaron en el hotel donde hicieron el amor con una pasión desenfrenada, casi con violencia, porque sabían que ya no habría otra noche para ellos.
Antes de marcharse Carlos escribió una nueva dedicatoria en su libro.
Da igual el tiempo que pase. Siempre te amaré y siempre te estaré esperando. Tal vez entonces sea nuestro momento

Invierno
El invierno siguiente nació Pablo, y dos inviernos más tarde nació Marcos. Marina dejó aparcado su trabajo para convertirse en ejemplar madre y esposa, pero a medida que pasaba el tiempo se iba secando como la hoja roja que guardaba entre las páginas del libro.
Carlos se separó oficialmente de Sandra, siguió dando clases y escribió varias novelas más que le depararon un notable éxito como escritor, y en las que siempre, de un modo u otro, aparecía un guiño a Marina.
Aquel invierno Pablo iba a cumplir 15 años y su padre decidió que la familia debía celebrarlo viajando a Eurodisney. Los chicos lo pasaron estupendamente, pero a Marina el castillo del mundo de fantasía le recordó a una cárcel similar a su adosado con jardín y la ciudad del Sena le pareció más triste que nunca.
No quería seguir engañándose ni quería seguir aparentando ante su familia. Hacía mucho tiempo que había dejado de querer a su marido y su vida como ama de casa mantenida y madre solícita le estaba asfixiando.
No hubo lágrimas, ni dramas, ni reproches, ni culpables. El día que se marchó pequeños copos de nieve cubrían con un fino manto blanco el jardín de la casa.
Tardó dos semanas en llamar a Carlos. Por fin, treinta y tres años después, su momento había llegado.
Desde entonces para Marina y Carlos no ha habido más inviernos, sólo una continúa primavera en el otoño de sus vidas.

Cibeles y la discriminación por la talla

Ha comenzado en Madrid la Pasarela Cibeles, y en todos los corrillos y medios de comunicación se habla del rechazo por parte de la organización de cinco modelos por no llegar a un peso mínimo.
El escándalo está servido, hay debates y enfoques para todos los gustos.
La noticia no es que Cibeles imponga un mínimo de masa corporal para poder desfilar, la noticia es que por primera vez alguien ha sido rechazada por excesiva delgadez.
En esta sociedad de culto al cuerpo y a la estética estamos acostumbrados a lo contrario; es frecuente el caso de alguien que no fue aceptado en un puesto de trabajo por tener una talla de más, y no estamos hablando de casos de obesidad extrema, pero ¿alguien ha visto alguna vez una dependienta de Zara o de Mango con una talla 46 ó 48?
Nadie te dice “tu currículum es perfecto, pero lo lamentamos, no te damos el trabajo por gorda”, pero hay maneras muy sutiles de decir eso mismo: “no tenemos uniformes de tu talla”, “la imagen es muy importante en nuestra compañía” o simplemente “no das el perfil que buscamos”, frase muy utilizada y que hay que tomarse de forma literal.
Yo sufrí una experiencia similar hace unos años. Junto con otras compañeras me presenté a las pruebas que una televisión convocaba para unas prácticas. Llegué junto con otra compañera hasta la prueba de cámara, pero me rechazaron diciendo que “no daba buena imagen porque la cámara engorda un poco y... llenaba demasiado la pantalla”. Yo me quedé con cara de tonta pensando que tendría que ver el culo con las noticias. Escogieron a mi compañera, que ha demostrado ser una muy buena profesional, pese a tener un ojo de cristal que entonces era muy visible en pantalla. Por cierto, su padre había sido delegado sindical en la televisión pública.
Hasta ahora había quien pensaba que nunca se está bastante delgada. A lo mejor, a partir de ahora, las cosas empiezan a cambiar un poco, y puede que llegue un momento en que a la gente se la juzgue y se la contrate por lo que es y lo que vale, y no por el simple criterio estético de un misógino (diseñador, jefe, superior o responsable de personal), incluso cuando se hable de moda.

viernes, septiembre 15, 2006

Filosofía de vida

Hoy he oído una frase que me ha llegado a lo más profundo y que me ha pedido que la adopte. Resume de manera sencilla mi filosofía de vida:
A partir de cierta edad, te amojamas o te ajamonas.
Yo soy de las que prefirió ajamonarse y sufrir un poco menos, que bastante se sufre ya en la vida y en el día a día. Además, como dice mi amiga Susana, yo no estoy gorda, ni si quiera estoy hermosa, estoy lujuriosa, ¿o me lo va a discutir alguien?
Otra que defiende esta filosofía es Kathleen Turner, quien en su momento dijo que tuvo que elegir entre el culo y la cara, y optó por la cara. Y estamos hablando de una mujer que fue un sex simbol hace un par de décadas.
Lo dicho, estoy ajamonada, y al que no le guste el jamón... que deje de mirar el plato, por favor.

miércoles, septiembre 13, 2006

The dancing queen


Una ducha rápida, una ropa interior cómoda al tiempo que sugerente, unas finas medias, una falda corta y un buen escote. Rojo para los labios y negro para los ojos... la noche, mágica y envolvente hará el resto. La noche que todo lo cambia, lo renueva, lo hace interesante, fascinante e insinuante. Se ve, pero no se toca.
Todos pendientes de ti, ellas con envidia y ellos con deseo. Y tú moviendo tus caderas y todo tu cuerpo al ritmo de esa música que suena sólo para ti, para que tú la bailes. Y todos pendientes de ti, envidiosas ellas, lujuriosos ellos.
De pronto hace su aparición él, destacando entre los demás. Te mira, pero no como los otros; te desea, pero de manera diferente a los demás, él lo hace desde un pedestal imaginario creado por el deseo compartido.
Miras hacia el infinito, pero sólo le ves a él, porque para ti los otros han desaparecido, y sabes que él también te mira sólo a ti y que para él ya no hay nadie más.
Bailas, balanceas tu cuerpo sólo para él, que lentamente te está desnudando, y tu deseo se acrecienta más.
Las ropas van cayendo al suelo con lentitud y ligereza. Estáis frente a frente, desnudos. Te balanceas insinuante y esperas que sus manos cubran todo tu cuerpo, de arriba abajo, de adelante a atrás, de abajo a arriba, de atrás a delante.
Abres tu boca y entornas los ojos.
Tu cuerpo está caliente pese a estar desnudo, toda tu piel está tibia y húmeda. Y sientes las yemas de sus dedos recorriendo tu piel y sus manos ardientes que te acarician cada vez con mayor intensidad. Primero sientes sus dedos, largos y afilados como calientes dagas, luego sus manos, más tarde el contacto de su piel, todo su cuerpo y por último ese aliento que te está derritiendo. Y sabes, o intuyes, que él también siente tus dedos, tus manos, tu cuerpo y tu aliento.
Y sigues contoneándote y él lo hace al ritmo que tus caderas le van imponiendo.
Paseas tu lengua con dulzura por tus labios intentando acrecentar más, si cabe, ese deseo que os envuelve y os arrastra.
Estás ya muy cerca de alcanzarlo, sigue, sigue así, al ritmo de esta música, sí sigue así, sigue, sigue, así, sí, así...
Abres los ojos y él sigue ahí, a unos metros frente a ti, en su mano izquierda sostiene un cubata y con la derecha manosea el culo del propietario de una anchísima espalda, propiedad de algún Adonis nocturno. Y poco a poco los demás van surgiendo ante tu vista, con sus deseos y sus envidias. Y tú sigues bailando, excitando al personal, mientras él se enzarza en un largo y húmedo beso con el propietario de la anchísima espalda.

martes, septiembre 12, 2006


El mar, la mar; el Atlántico, el Mediterráneo... ¡como te echo de menos!
Añoro el sonido de las olas, el aroma del salitre, las olas que llegan a la orilla queriendo alcanzar mis pies, las pisadas por la arena húmeda. Mi piel caliente sumergiéndose entre olas de espuma blanca, notando como me refresca e invitándome a abandonarme a su vaivén.
Paseo entre las dunas, mis pies se hunden entre arena fina.
Me siento sola en la orilla a contemplar el horizonte calmado mientras las olas se esfuerzan por alcanzar mis pies descalzos.
Me dejo envolver por tus sonidos y consigo olvidar. Paz, relax.
El mar, la mar... ¡ cuánto te añoro!


Regalos, ¡ qué difícil es acertar!

Hoy es el cumpleaños de Javi, y le he preparado un regalo muy especial. Esta vez si me he estrujado verdaderamente las neuronas, y es que 40 años no se cumplen todos los días.
A lo largo de estos 16 años le he regalado de todo: ropa, CDs, libros, puzles, relojes, muñecos, camisetas con mensaje, calzado, gafas de sol, viajes sorpresa, joyas, discman portatil, herramientas para bricolaje, abono de fútbol, radio digital,llaveros de plata, artículos de fumador, ropa y calzado deportivo, teléfono móvil, botellas de vino, cámara fotográfica, prismáticos, cenas románticas, masajes, terapia en un spa...todo lo que se me ha ido ocrriendo y que he pensado que podía ilusionarle. ¿Que si he acertado siempre? Pues no, es complicadísimo.
Por mucho que conozcas a una persona, por mucho que convivas con ella siempre acaba sorprendiéndote. Tú te pasas un mes indagando, averiguando sutilmente qué es lo que puede apetecerle en esta ocasión, lo preparas con la mayor de las ilusiones y después... te da las gracias, hace un comentario banal y ya está.
Claro, que despues de tantos años no debería ya de asombrarme, no es que no le gusten mis regalos, simplemente es que él es bastante menos expresivo que yo... ¿o no es eso?
Pero este año triunfo, seguro, y si no, él se lo pierde, porque original es un rato original.

Cuentos de colores. La puerta verde

Dedicado a Hugo

Por fin había llegado el gran día, con un año de retraso, eso sí, pero había llegado. Literalmente había saltado de la cama, estaba tan excitada como la mañana de Reyes. Lo tenía todo preparado en mi cartera marrón con asa de cuero y cierres metálicos.
Ya casi eran las nueve de la mañana... ¡qué ilusión!
Por cosas de la burocracia que entonces no entendí, y que hoy sigo sin entender, había tenido que retrasar mi entrada todo un año. Durante todo aquel tiempo me pregunté por qué yo tenía que ser diferente a los demás, por qué yo tenía que quedarme en casa.
No es que no lo pasara bien con mis hermanos... es que ¡tenía tantas ganas de aprender! Pero, que nadie piense que perdí el tiempo, ya me ocupé yo de que no fuera así (bueno, he de decir que ante mi insistencia conté con la ayuda de mis padres.)
Yo hubiera preferido el modelo de finas rayas rojas y blancas con un gran lazo de raso rojo a juego, pero tuve que conformarme con el sencillo blanco. En cambio, mi hermano, para el que también era su primer día, estaba radiante con el mil rayas azul.
Salimos de casa de la mano de mi madre. Yo recorrí el camino con una alegría y un orgullo inexplicable, me sentía feliz; en cambio, la cara de mi hermano era todo un poema. Prácticamente mi madre tenía que tirar de él, mientras que a mí tenía que frenarme.
Cuando cruzamos el arco y me vi rodeada de niños de todas las edades gritando, llorando, riendo, jugando y hablando supe que ya no había marcha atrás y que esta vez mi anhelo se iba a hacer realidad.
Y por fin llegamos ante la puerta verde.
Sólo los párvulos accedíamos al colegio por la puerta verde, el resto de las clases lo hacían directamente por la gran puerta de hierro.
Pero los párvulos, de 4 y 5 años, éramos especiales. Éramos los únicos que en aquel entonces tenían clases mixtas, y, además teníamos nuestro propio patio de recreo separado del resto por una gran escalera y una pequeña tapia. Aquel patio era mucho más pequeño que el otro, pero mucho más bonito, con macizos de flores, banco de arena, algún columpio, pelotas y una fuente bajita de color verde.
Ante la puerta verde los niños y niñas, con nuestros baberos nuevos y de la mano de nuestros padres nos mirábamos unos a otros. La mayoría lloraban y hacían pucheros, mientras que yo, exultante, me dedicaba a consolar a mi hermano y a los de mí alrededor.
De pronto, la puerta verde se abrió y una mujer robusta pero con la voz muy dulce empezó a nombrar a los niños y niñas de 4 años para que formaran una fila de dos en dos y entraran en clase.
Vi a mi hermano formar parte de esa fila emparejado con una preciosa niña de cabellos dorados bastante más alta que él. Cuando atravesó la puerta nos echó una última mirada llena de temor ante el nuevo mundo que se abría a él.
Tras la última pareja de niños de 4 años la puerta verde volvió a cerrarse.
La impaciencia me iba a matar, yo quería entrar ya, ¿por qué habían cerrado dejándome fuera? Mi mirada interrogó a mi madre que me calmó dándome una explicación lógica.
Observé a las otras niñas y niños de baberos blancos; iban a ser mis compañeros durante muchos años, algunos incluso mis amigos de por vida. Había algunos que se agarraban con fuerza a sus padres, otros sollozaban, pero también había quién como yo estaba nerviosamente expectante deseando que se abriera de nuevo la puerta.
Y la puerta verde se abrió otra vez e hizo su aparición una anciana menuda de cabellos grises y maneras delicadas, doña Teresita, la mujer más dulce que se puede encontrar en un aula.
Nos fue llamando por nuestro nombre y apellidos y emparejándonos por orden alfabético.
Liberados ya de nuestros padres formamos una fila de parejas. Yo me dediqué a animar y a consolar a mis compañeras, a contarles todo lo que íbamos a hacer y lo bien que lo íbamos a pasar.
Atravesamos la puerta verde y entramos en un mundo nuevo: el colegio. Aquel fue uno de los días más felices de mi niñez. Mesas y sillas a nuestra medida, lápices de colores, una gran pizarra, letras, números, cartillas, cuadernos, instrumentos musicales y algún juguete formaban parte del decorado.
Atravesar aquella puerta era como atravesar un túnel del tiempo, dejábamos de ser bebés y empezábamos a ser niños mayores. Íbamos a aprender, a adquirir conocimientos, pero también a jugar, a hacer amigos, a ser un poco más independientes, más mayores.
Durante nueve meses atravesé con alegría la puerta verde acompañada de mi hermano, que ya nunca más entró con miedo, entre otras cosas porque desde entonces supo que siempre yo estaría a su lado. Para mí cada día allí había algo nuevo y maravilloso, algo que me hacía crecer un poco más.
Cuando aprendí la magia de juntar letras para que estas formaran palabras y a su vez llenas de sentido hice uno de los mayores descubrimientos, y desde entonces no he parado de leer, de escribir, de juntar palabras, de comunicarme con otros, y siempre recuerdo que eso lo aprendí tras la puerta verde.

lunes, septiembre 11, 2006

Cuentos de colores. Un hombre gris


Cándido Aranguren había llegado a la cincuentena con una marcada calvicie, una prominente barriga y unas importantes bolsas bajo los ojos.
Seguía trabajando en el mismo oscuro taller de artes gráficas después de 32 años; iba todos los días a comer a casa un menú que se repetía semana tras semana, año tras año. Por las tardes, tras la siesta habitual, acompañaba a su madre a dar un paseo por el parque, y todas las tardes terminaban en la cafetería Barahonda tomando un chocolate con churros. Después, ya en casa, mientras doña Bárbara tejía, Cándido devoraba otra de las muchas novelas de misterio que su madre le compraba en una librería de viejo de la calle Relojeros.
Los domingos seguía acompañando rutinariamente a su madre a misa en la iglesia de El Salvador y después, mientras doña Bárbara y las amigas se sentaban en un velador del Café Oriental a tomar el vermú, él se quedaba en la barra tomando una caña de cerveza leyendo el periódico.
Desde hacía más de veinte años, uno, o incluso dos sábados al mes acudía al burdel de Lola para desfogarse con alguna de sus chicas.
Algunos sábados acudía solo al cine, elegía una butaca en la última fila, y, antes de quedarse dormido, se dedicaba a observar a las parejas con cierta envidia.
En verano, cuando llegaban las vacaciones, cogían el tren, un autobús y un taxi para llegar hasta un villorrio donde la vida parecía haberse detenido un siglo atrás, y en el que la máxima distracción consistía en tomar las aguas medicinales de una fuente y sentarse en la plaza a contemplar a las gentes.
Cándido no tenía amigos, algún conocido al que saludaba de camino a misa o en el Café Oriental. Con sus compañeros de trabajo apenas mantenía relación, y las amistades de la infancia y juventud habían desaparecido hacía ya muchos años.
Una vez tuvo un gran amor. Blanca y él fueron novios durante siete largos años, pero doña Bárbara nunca vio con buenos ojos aquella relación. Llegaron a comprometerse y a fijar fecha para la boda, pero no llegó a celebrarse, y Blanca, marcada y avergonzada por la sociedad pacata de una pequeña ciudad de provincias, huyó sin dejar rastro.
La vida de Cándido desde que su madre enviudara, apenas había cambiado nada.
Hasta hacia quince días.
El martes cuando Cándido llegó al domicilio a medio día la mesa no estaba puesta, y la casa no olía a cocido.
Encontró a su madre en la cama, con la boca abierta y la mano derecha estrujando su camisón a la altura del pecho. Según el doctor había fallecido de madrugada de un fulminante ataque al corazón.
Durante unos días Cándido deambuló por la casa sin saber qué hacer. Un día, a la salida del trabajo, se encontró paseando su soledad y hablando solo por el parque; en ese momento decidió que su vida iba a cambiar.
Cuando esa tarde llegó a casa empezó a amontonar ropa y enseres personales de su madre para deshacerse de ellos. Después les tocó el turno a las figuras de porcelana, los jarrones, las fotos, y un montón de cachivaches estratégicamente colocados por cualquier rincón de la casa.
Al día siguiente, al volver del trabajo reanudó la tarea ordenando viejos papeles. Y en el fondo de un cajón encontró seis cartas dirigidas a él sin abrir. Los sobres estaban amarillentos, pero con claridad pudo ver que el remitente era Blanca, su amor.
En aquellas cartas Blanca le decía que siempre le amaría y le pedía que se reuniese con ella en Barcelona, donde lejos de su madre podrían comenzar una nueva vida. En la última carta le escribía que siempre le esperaría.
Aquella noche Cándido no pudo dormir, pero soñó despierto con Blanca. Recordaba el tacto de su suave piel de una transparencia como la porcelana, el aroma de su largo cabello castaño, sus ojos oscuros enmarcados por aquellas largas y espesas pestañas, su boca de fresa que tantas veces le había besado, sus pechos con los pezones siempre erguidos, los lunares de su vientre que dibujaban el mapa hacia un tesoro, sus piernas de carne prieta, sus diminutos pies siempre tan fríos... De repente la cama le pareció más grande que nunca y sintió que su vida estaba completamente vacía.
Aquella misma mañana pidió un permiso en el trabajo; después fue al banco y sacó todos sus ahorros. En la maleta sólo metió un traje y una muda, las cartas y una vieja foto de Blanca. Se despidió de aquellas viejas cuatro paredes sin saber si algún día iba a volver y se encaminó a la estación, donde compró un billete para Barcelona.
Todo el trayecto lo pasó pensando en Blanca, en lo que iba a decirle, cómo se lo iba a decir, cuál sería su reacción. De pronto pensó en la cantidad de años que habían pasado, ¿serían capaces de reconocerse?, ¿seguiría Blanca esperándole?
La llegada a Barcelona le impactó; era la primera vez que viajaba solo y la primera vez que estaba en una gran ciudad. Las dudas volvieron a hacer mella en él de nuevo.
Decidió empezar a buscar a Blanca desde ese mismo momento. En la estación tomó un taxi y le dio la dirección que Blanca apuntaba en su última carta. Después de un recorrido largo y enrevesado llegaron a un barrio modesto a las afueras de la ciudad. En el domicilio indicado en el sobre actualmente vivía una familia marroquí que no pudo darle ninguna indicación a cerca del paradero de Blanca. Preguntó en las viviendas vecinas, pero nadie la recordaba.
En un comercio de la calle una señora mayor reconoció a la joven de la fotografía y le aconsejó que se dirigiera a una fábrica de cartonajes de un polígono vecino donde tal vez podrían darle razón de ella.
En la fábrica casi nadie recordaba a Blanca, pero ante la insistencia de Cándido se ofrecieron para buscar en los archivos su última dirección y quedaron en avisarle un par de días más tarde.
Buscó una pensión en la que alojarse, se compró un teléfono móvil y algo de ropa nueva y se dedicó a pasear por la ciudad escudriñando la cara de todas las mujeres con las que se fue topando.
Buscó su nombre en las guías telefónicas, pero no obtuvo resultado.
Siguió buscando su cara por las calles, en los comercios, en los bancos de los parques, entre las mesas de las terrazas de los cafés, pero no tuvo suerte.
Volvió a la fábrica donde le dieron una nueva dirección, muy cerca del puerto, y allá que se fue con una ilusión renacida. Pero la decepción fue enorme, la casa ya no existía y en su lugar habían levantado un moderno edificio municipal.
Alguien le informó que la mayoría de los vecinos de la zona se había trasladado a Hospitalet y hasta allí se trasladó.
Pasaron otros cinco días de infructuosa búsqueda. Las esperanzas de Cándido cada vez eran menores y Barcelona y Hospitalet cada vez le parecían mayores.
Aquella tarde se encontraba agotado, física y moralmente extenuado. Paseaba solitario por el barrio gótico de Barcelona y sin saber cómo sus pasos le encaminaron hacia un decrépito lupanar.
El local era sórdido, mal iluminado y envuelto en humo y aromas agrios. En la barra una mujer de generosos pechos y abundante maquillaje entretenía a un par de octogenarios; en una mesa otros dos ancianos invitaban a una botella de champán a tres mujeres; un poco más allá una mujer bailaba para una pareja, mientras al fondo del local un grupo de cortesanas escasamente vestidas se contoneaban al compás de la música.
Pidió un cubata; la mujer de los grandes pechos abandonó al par de ajados casanovas y comenzó a hacerle arrumacos a Cándido, que terminó por pedir una habitación y un servicio completo.
Le dieron la llave de la habitación 14 y le asignaron a Cristal.
La habitación tenía las paredes forradas con un desgastado papel con motivos barrocos en tonos amarillo y plata, una cama alta y grande con el cabecero de madera arañada por el paso de los años, una mesilla a juego sobre la cual había una caja de pañuelos de papel y una lámpara con el pie de bronce, un gran espejo, un butacón raído y un perchero completaban la decoración.
Cándido ya se había desprendido de la chaqueta y de los zapatos cuando entró Cristal.
Era una mujer de mediana edad, entrada en carnes, con unos brazos fofos y unos muslos marcados por la celulitis. Su piel era tan blanca que transparentaba sus venas azuladas. Su cabello estaba teñido de un rubio chillón que contrastaba vivamente con sus oscuras cejas. En cuanto a su rostro, tal vez en el pasado había sido una mujer bella, pero los años, las tristezas y la mala vida habían ido marcándose en cada pliegue de su piel.
Sin quitarse la ropa se tumbó sobre la cama y con una voz que él rápidamente reconoció le dijo:
_ “Cándido, amor mío, cuánto has tardado, ¿no me recuerdas? Soy yo, Blanca.”
Algo pasó por su cabeza en aquel momento, un rayo que le nubló la vista y le turbó el conocimiento. Sólo podía oír la risa de aquella mujer y las palabras de desprecio que hacia ella su madre siempre había utilizado.
... .... ...
Cuando la policía llegó encontró a Cándido llorando abrazado al cuerpo inerte de la prostituta. Las paredes y las sábanas estaban salpicadas de sangre, y sobre la cama encontraron la lámpara con el pie de bronce con la que la había golpeado en la cabeza en numerosas ocasiones hasta acabar con ella. No opuso ninguna resistencia cuando se le llevaron esposado y sólo acertó a decir “la he encontrado”
... ... ...
Cuando preguntaron a los vecinos todos coincidieron al decir que no se esperaban algo así de él, que parecía un hombre tranquilo y pacífico. Casi todos dijeron que era un tipo anodino, de esos que no llaman la atención. Una vecina le definió como un hombre gris del que nadie esperaba un acto como aquel.

miércoles, septiembre 06, 2006

Nos estamos volviendo locos

Aviso desde el principio: este post no va a ser políticamente correcto.
Hoy he conocido 2 noticias que me tienen bastante indignada, por no decir otra cosa:

Kate Moss cobra actualmente 4 veces más que antes del affaire cocaína.

Pero, ¿en qué mundo vivimos? Me pareció injusto en su momento que un tabloide publicara unas fotos de su intimidad en las que se veía a la señorita Kate consumiendo droga para intentar destrozarla; me pareció cínica la actitud de las marcas que retiraron sus campañas con Moss o las que anularon los contratos, cuando de antemano sabían que era consumidora; me pareció de un gran oportunismo aquellos que se sirvieron del escándalo para, a través de la modelo, publicitar su marca... pero esto ya me parece intolerable.
¿Qué motivos han llevado a Kate Moss a cuadriplicar su caché convirtiéndola en la modelo mejor pagada del momento? ¿Cuáles son sus meritos?
El único mérito que yo le encuentro es ser el escándalo en persona. Se está premiando a una mujer por ser toxicómana, novia de un gamberro poli toxicómano, extravagante, poco glamorosa... ¿hay quién dé más? Pero, visto lo visto, esa imagen vende, y, en el mundo occidental la ley de la oferta y la demanda es la que manda.
En una época en la que reverenciamos el culto al cuerpo y a la vida sana, la imagen mejor pagada es una modelo enfermiza, esquelética, ojerosa y drogadicta.
Hay quien encuentra muy sexy a esta mujercita y su lado salvaje, pero, si quitamos las luces, el photoshop, los kilos de maquillaje y antiojeras, la lencería sensual, el relleno del sujetador, las extensiones de pelo,... ¿qué nos queda?
Después las campañas gubernamentales se quejan del incremento de casos de anorexia fomentados por la imagen de las modelos. ¿Y qué fomenta Kate Moss, además de la anorexia?
Ya está bien de cinismo.
Y aquí viene la otra perla del día
El bailaor Farruquito podría finalmente eludir la prisión.
Ayer, la audiencia de Sevilla condenó a Farruquito a tres años de cárcel, en vez de los 16 meses impuestos inicialmente, por el atropello mortal que cometió contra Benjamín Olalla, demostrando así que la Justicia en nuestro país existe, y funciona, tarde, sí, pero funciona. Pues bien, cuando ya estaba convencida de que la justicia existe y que nadie, por famoso, artista o gitano que sea, puede escapar de ella, me entero de que el abogado del bailaor, Benito Saldaña, aunque no va a recurrir la sentencia ante el Tribunal Constitucional, intentará que el artista no entre en prisión a través de varias vías legales. La primera posibilidad es solicitar el indulto, pero me parecería totalmente escandaloso que el mismo Gobierno que nos machaca día a día con las campañas de tráfico, el carné por puntos y la seguridad vial, indultara a un señor que conducía sin carné, sin seguro obligatorio, a excesiva velocidad, atropelló a un ciudadano en un paso de cebra causándole la muerte y se dio a la fuga sin detenerse a socorrer a la víctima. La segunda posibilidad que se baraja es la de cumplir la sentencia de un año de prisión por omisión del deber de socorro durante los fines de semana. De este modo, y una vez cumplida la pena, sólo quedarían por cumplir 2 años de prisión por el delito de homicidio imprudente en concurso con un delito contra la seguridad en el tráfico, pero, al no tener antecedentes, y siendo un periodo menor, no tendría que volver a pisar la cárcel. Vamos, que lo que el abogado pretende es que el señor Fernández Montoya tenga una segunda residencia para los fines de semana, en la que se lo den todo hecho, y durante el resto del año siga viviendo su vida normal, y, después, si te he visto no me acuerdo. Y eso después de haber cometido un montón de delitos, todos ellos probados y sentenciados. Pero claro, Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito, es artista, es famoso y es gitano. Después nos reímos de la Justicia americana y de los Stella Awards

martes, septiembre 05, 2006

Cuents de colores.La bicicleta


Como todas las niñas de posguerra María era una niña flaca que soñaba con chocolate y juguetes que nunca tendría.
María vivía en la portería de un edificio de nuevos ricos con una abuela a la que llamaba madre, una tía a la que llamaba hermana, un tío al que llamaba José y dos parientes de la abuela que vinieron a pasar un par de días para buscar trabajo y ya llevan casi tres años en la portería.
A María le gustaba correr, y jugar con sus amigos en las cercanas huertas y por las calles de un barrio que está creciendo día a día.
Nuevos vecinos llegaron al barrio, esta vez familias con hijos, niños que desde el primer día mostraron su desprecio por aquel grupo de niños flacos de piel aceitunada. Niñas con grandes lazos de raso en la cabeza que jugaban con muñecas caras y con carritos de paseo y niños de rodillas limpias y pantalones sin remiendos que cambiaban cromos y canicas.
De pronto la vio. Era la cosa más bonita que jamás había visto: una reluciente bicicleta azul, con un brillante manillar elevado acabado en sendas empuñaduras de color blanco. Entre los ejes de la rueda delantera brillaban dos triángulos de un color naranja vivo, y sobre la rueda trasera un portaequipajes cargaba con unos cuantos libros atados con una cinta.
María había visto otras bicicletas, la del cartero, o la del chico de los recados del mercado, pero nada que ver con esta preciosidad, y sintió unos deseos irrefrenables de tocarla, de montarla, de poseerla. Por primera vez supo lo que era la envidia.
Desde aquel día María se acostó cada noche con la misma obsesión, la bicicleta.
Cuando estaban jugando en la calle y veía pasar aquella bicicleta se quedaba embobada siguiéndola con la mirada hasta que la bicicleta y su dueño se perdían tras tomar la curva en la Avenida de Aragón. Un día María decidió seguirles a la carrera. Varias veces creyó perderles de vista, pero finalmente vio como el muchacho ataba la bicicleta a la barandilla de unas escaleras con una gruesa cadena, cogía los libros atados en el portaequipajes y entraba en el vetusto edificio de la Facultad de Medicina.
Hizo el recorrido muchos días más, siempre con la vana esperanza de poder montar en aquella bicicleta.
Las Navidades llegaron y María con todas sus fuerzas pidió una bicicleta como recompensa por todas sus buenas acciones y buen comportamiento de todo el año. La decepción fue enorme cuando la mañana del 6 de Enero sólo encontró junto a los zapatos una bolsa de caramelos de naranja, unas muñecas recortables y unos calcetines nuevos.
El tiempo pasaba, María seguía pensando en aquella bicicleta, de cuando en cuando volvía a la Facultad sólo para poder verla un rato, y otras veces, la seguía corriendo hasta que se cansaba.
Las Navidades siguientes, y las siguientes, y las siguientes, María volvió a pedir la bicicleta como regalo, pero siempre se encontraba con el inevitable paquete de caramelos de naranja, la tira de recortables y los calcetines. Sin embargo, este año se ha encontrado con una sorpresa: junto al paquete de caramelos, envuelto en un fino papel de seda le esperaba un sujetador y un par de medias de espuma. Su abuela y las tías se han abrazado a ella y le han recordado que ya ha cumplido 15 años y que es toda una señorita, que ya no es tiempo de calcetines para ella y que el momento de jugar en la calle se ha acabado ya.
Desde ese momento María supo que nunca poseería aquella bicicleta.
El día en que cumplía 16 años su tía le regaló su primer par de zapatos de tacón, y, además, para celebrarlo, prometió llevarle al baile que se celebraba esa misma tarde en la plaza del Ángel.
Caminaba muy despacio con aquel vestido heredado, al que habían forrado con enaguas, y sus nuevos zapatitos de tacón. Al paso que iba, tardaría tanto en recorrer la avenida que llegaría tarde a la cita que tenía con su tía. De pronto, la vio y la reconoció al instante. Allí estaba, junto a una farola frente al escaparate de una bombonería.
No lo dudó ni un instante, la cogió por el manillar, metió uno de los pies en el calapiés y salió corriendo a lo largo de toda la avenida.
Unos zapatos de tacón no son lo mejor para montar en bicicleta, y ni que decir tiene que una falda acampanada y un par de refajos no son el vestuario apropiado, pero a ella pareció darle lo mismo que la gente le mirase y señalase desde las aceras y que los conductores que circulaban a esa hora por la avenida le soltasen toda serie de improperios. Ni si quiera le importó que un atractivo joven saliese de la bombonería corriendo tras ella al grito de “al ladrón, al ladrón”.
Su aventura acabó pronto, cuando la puntilla de la enagua se enganchó primero con un pedal y después con la cadena. Perdió el equilibrio y cayó al suelo. El muchacho que la seguía no tardó en llegar, sudoroso y jadeante. Se reconocieron al instante.
Unos minutos después un corrillo de gentes les rodeaban; la mayoría estaba más preocupada por saber del robo que por preguntar por el estado de la joven.
El dijo que había sido todo una confusión, la ayudó a levantarse y se disolvió aquel hato de curiosos.
Estaba turbadísima; no por el hecho de la caída, ni si quiera por el robo; era algo inexplicable pero sabía que sus mejillas se habían encendido y que si intentaba hablar la voz no saldría de su garganta.
El se ofreció a acompañarla hasta donde ella tuviera que ir. Anduvieron durante un buen rato el uno junto al otro, él empujando la bicicleta. Dieron un buen rodeo hasta llegar a su barrio. Cuando ya se despedían él le ofreció un bombón que había comprado para celebrar su cumpleaños y a cambio ella le dio dos besos y le confesó que también era el suyo.
Su tía se enojó mucho con ella por haberla dejado plantada en el baile, pero la abuela la disculpó alegando su timidez, aunque luego se enfadó al comprobar el estado en que había quedado su ropa interior.
Esa noche María volvió a soñar con la bicicleta, pero también soñó con él, y con besos, besos dulces como el chocolate que tanto le gustaba.
Desde ese día, cuando María salía a la calle se aseguraba de estar radiante por si se encontraba con Carlos. Si coincidían, él se bajaba de la bicicleta y se iban paseando muy despacio hablando de mil cosas, y cuando llegaban al camino de las huertas él le dejaba la bicicleta para que ella diera un paseo.
Hoy ya han cumplido sus bodas de oro, tienen 6 hijos y 11 nietos, 7 bicicletas, 3 triciclos, 2 coches a pedales, y una motocicleta de alta cilindrada. Y todas, todas las tardes salen con sus bicicletas a dar un paseo por lo que antes eran caminos de tierra y huertas.

lunes, septiembre 04, 2006

Banda Sonora de tu vida

Circula por la red un sencillo y divertido cuestionario. Para completarlo has de hacerlo con títulos de canciones, y, algunos, para hacerlo más complicado, lo hacen con el nombre de un solo cantante o grupo. Yo, no me atrevo a tanto, primero porque es difícil, y después porque hay demasiadas canciones buenas.
Os propongo un reto: cambia tu nombre por el mío y completa tú también el cuestionario, verás que es divertido, pero un poco complicado.

Banda o grupo : He escogido varios entre mis favoritos, Sabina, Presuntos Implicados, Michel Bublé...

  1. ¿Eres hombre o mujer? Aquí dudo entre dos temas "Mujer fatal" de Burning o "Princesa" de Sabina, de la primera me convence más la letra, de la segunda el título.
  2. Descríbete. "El joven aprendiz de pintor" de Sabina
  3. ¿Qué sienten las personas cerca de ti? "Sunny" (o eso espero) en versión Paul Carrack
  4. ¿Cómo te sientes tú? "Calle Melancolia", de Sabina
  5. ¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental? "En la oscuridad" de Presuntos Implicados.
  6. Describe tu actual relación con tu pareja "Rebajas de Enero" de Sabina retrata a la perfección mi relación desde el principio.
  7. ¿Dónde quieres estar ahora? "Mediterráneo" de Serrat
  8. ¿Cómo eres respecto al amor? "My way" de Frank Sinatra
  9. ¿Cómo es tu vida? "The great pretender" de Freddie Mercury
  10. ¿Qué pedirías si tuvieras un solo deseo? "Feeling good" en versión Michel Bublé
  11. Escribe una cita, una frase que te haya impactado de alguna canción "If you love somebody send them free", Police
  12. Ahora, despídete " Ain´t no montain high enough"

¿Qué os parece el test? Si a alguien se le ocurre alguna pregunta más (y su consecuente respuesta) puede incluirla.

Tratamiento de belleza

Las vacaciones de verano han llegado a su fin para la mayoría, y lo bueno que tiene eso es que vuelves a reencontrarte con las amistades, y todos tenemos un montón de cosas que contar.
Ayer estuve con mi amiga Vespa y la encontré más guapa que nunca, con un brillito especial en la mirada, lo que se dice con el guapo subido, y no era sólo por el bronceado.
Nuestra amiga Susana siempre dice que hay dos cosas que no se pueden ocultar: la felicidad y el dinero. La felicidad sale a la cara por los ojos, por la piel y por la sonrisa. Así tras una mínima insistencia me confesó su tratamiento de belleza: durante las vacaciones se ha reencontrado con un viejo amor de juventud y está ilusionadísima. Ella me dice que es algo platónico, que sabe que no va a ocurrir mucho más, al menos por ahora, pero que el simple hecho de pensar en ello, de recordar los días pasados y de imaginar encuentros futuros, bastante improbables, por cierto, le hacen ser feliz.
Cuando me contaba que vuelve a sentir mariposas en el estómago, que se encuentra sonriendo por todo y que se pasa el día pendiente de una llamada, un mensaje o un correo y que eso le da felicidad, me dio cierta envidia. Todos hemos pasado por esa situación, y reconocemos lo maravillosa que es, pero también sabemos lo efímera que puede ser.
Conociéndala como la conozco me da miedo que se ilusione más de la cuenta y un día despierte de su sueño con el corazón otra vez roto y vuelva a caer en la desidia. Entonces me tendrá a mí y al resto de sus amigas para hacerle sonreir... y, que narices ¡ mientras pueda que disfrute de la sensación de estar enamorada otra vez como cuando tenía 15 años, que le sienta divinamente!

domingo, septiembre 03, 2006

Este verano, y a través de una llamada de teléfono, he recuperado a una persona que fue muy importante en mi vida, una amiga con la que compartí casa, amigos, estudios, alegrías y desengaños y sobre todo muchos momentos únicos.
Durante años ella fue la persona que más sabía de mí, y, seguramente yo de ella. Cuando pienso en mi etapa universitaria, inevitablemente tengo que pensar en ella, porque está íntimamente vinculada a todo ese periodo.
Después, la vida, las circunstancias, nos fueron alejando a la una de la otra. Cada vez nos costaba más quedar, buscar un hueco para vernos; después las llamadas telefónicas se fueron distanciando; llegó un momento en que incluso se nos olvidó felicitarnos por nuestros cumpleaños, simplemente nadie volvió a dar el paso.
Y como decía al principio, este verano me llamó por teléfono para felicitarme por mi cumpleaños, y durante un rato nos pusimos al día: ¡la de cosas que pueden cambiar en la vida de las personas en dos o tres años!
Casualidades de la vida, íbamos a veranear casi en las mismas fechas y prácticamente en el mismo sitio, así que quedamos en vernos allí.
Fue maravilloso, realmente fue como si el tiempo que hemos estado sin tener contacto hubiera sido mínimo, como si nunca hubiéramos dejado de vernos.
El día que pasamos juntos fue uno de los mejores de las vacaciones, así que repetimos, y lo pasamos genial.
¡ He recuperado una buena amiga a la que había perdido por hacer algo tan nimio como no hacer una llamada de teléfono!
Y, como la vida es tan caprichosa, poco después, e igualmente a través del teléfono, una persona que fue parte importante de mi vida hace casi veinte años se puso en contacto conmigo. Le abrí la puerta y ahora tengo un buen amigo con el que hablar de miles de cosas, incluso del pasado.
Soy una persona muy afortunada, lo sé, en poco tiempo he recuperado dos personas muy importantes para mí, dos verdaderos amigos, y en el momento que más falta me hacían.
Ahora voy a molestarme un poco más en cuidar a los amigos, la compañía telefónica de turno se va a poner las botas conmigo, pero creo que merece la pena cultivar la amistad.

A partir de ahora mi puerta está abierta.

La niña que no aprendió a decir no

La niña aprendió desde muy pequeña que si obedecía siempre la vida era mucho más fácil, y empezó a hacer siempre lo que le pedían.
Más tarde supo que si era capaz de interpretar los deseos de los demás y cumplirlos antes de que se lo pidieran, todavía era todo mucho más cómodo.
Era una niña educada, obediente, responsable, muy buena estudiante, hacendosa, cariñosa, siempre dispuesta a sacrificarse, la niña perfecta... y a los mayores les encantaba. Les gustaba tanto aquella niña que no se plantearon que ella pudiera tener otras necesidades, las suyas propias. Es más, cada vez esperaban más de ella, y la niña, dotada de una gran inteligencia, fue rápidamente consciente de ello, y antes de que un adulto pudiera quedar
mínimamente defraudado, ella se esforzaba más y más.
La niña quería jugar, y quería decir no, y negarse a comerse la sopa o las verduras, y trasnochar, y revolcarse y ensuciarse, y no tener que cuidar de los hermanitos, ni de los amigos de los hermanitos, ni a los vecinitos, ni... pero no podía hacerlo, porque eso defraudaría a los que la rodeaban y ya no la iban a querer tanto.
La niña fue creciendo y se convirtió en una adolescente súper responsable, una magnifica estudiante, una jovencita nada rebelde, nada caprichosa, educada... la hija, la hermana, la nieta, la sobrina y la prima que toda familia hubiera deseado.
Y aprendió que se debía agradar no sólo a los adultos para que la vida fuera más cómoda, también a los niños que la rodeaban. Así, en el colegio se convirtió en una de las alumnas más aplicadas, más participativas en clase y también en el recreo porque sabía como ganarse a los compañeros, haciéndoles los deberes, dándoles clases, y haciendo siempre lo que agradara a los demás.
Se puso un cartel invisible que decía “estoy aquí para servirte, úsame”, todo con tal de no defraudar a nadie.
Y hubo quienes se aprovecharon de la circunstancia, porque sabían que ella no diría nada para no herir a nadie; y aparecieron la vergüenza y la culpa.
La adolescente empezó a olvidar como decir NO en una época en la que lo normal es negarse y rebelarse.
A veces, la vocecita interna que vivía en su cabeza le invitaba a rebelarse, y entonces todos se enfadaban, se sentían defraudados y la hacían sentir culpable.
Pero, pronto aprendió un nuevo truco: podía ser como la vocecita quería siempre y cuando nadie se enterase. Así, cuando no estaba rodeada por los habituales se colocaba una máscara y se convertía en otra persona.
Lo único malo de esta nueva situación era que para que nadie se enterase había que mentir, pero pronto empezó a dominar también el arte de la mentira; incluso llegaba a mentirse a sí misma o a creerse sus propias mentiras. Llegó a ser tan buena que cuando alguien descubría alguna de sus otras mentiras y máscaras no tenía más que poner su cara de angelito bueno y negarlo todo para que el mundo le volviera a sonreír.
La adolescente siguió creciendo nadando entre dos mares. Para el mundo que la rodeaba era como una princesita, bella e inalcanzable, la chica que todo el mundo quería como amiga de sus hijas y como novia de sus hijos. Era adorable.
Siempre había tenido una cara muy bella, y en el momento álgido de su adolescencia, la naturaleza, generosa con ella, le convirtió en una joven muy atractiva que gustaba bastante a los chicos, lo cual generaba tensiones y envidias en su círculo más próximo, así que asimiló una nueva idea, si era menos bella que las demás, o más grande, o menos atractiva o se arreglaba menos, el problema dejaría de existir. Y, como dio resultado, empezó a creerse menos agraciada que las demás y cuando alguien le recordaba que tenía una cara muy bonita, automáticamente se buscaba un defecto que lo compensara.
Sólo quería que la quisieran por sí misma, por lo que en realidad era, pero sólo le querían cuando era lo que los demás querían.
Cada vez se encontraba más asfixiada en los mundos que se había creado, porque llegó un momento que era muy difícil complacer a los adultos, a los amigos y a la vocecita. De cuando en cuando, dejaba que alguno venciera sobre los demás y entonces se desataba la tormenta y volvía la culpa como única compañera.
Un día, alguien le dijo “te quiero” y el mundo pareció volverse de color rosa, aunque en realidad casi nada había cambiado; pronto se dio cuenta de que amar a alguien significaba no dedicarse tanto a los demás, y eso volvía a generar conflictos.
La culpa cada vez estaba más presente en su vida. Si seguía haciendo lo que hasta ahora había hecho la voz la iba a volver loca, y si hacía lo que la voz le pedía conseguiría que los demás se sintieran decepcionados. No era capaz de complacer siempre a la familia, a los otros adultos, a los profesores, a los amigos, al amor y a sí misma.
Las cosas cada vez se complicaban más y sólo encontró una solución. Empezó a trazar un plan de huida. Si se alejaba de su entorno tal vez podría empezar de nuevo.
Lejos de su ambiente dejó salir a la propietaria de la vocecita rebelde, que se manifestó como alguien inexperto que tampoco sabía lo que quería ni como lo quería. Además, fuera del círculo no era nadie, tenía que demostrarlo todo, y nunca hasta ese momento se había sentido ignorada por nadie.
Empezaron a caer golpes por todas partes. De un lado, de otro y de otro. Y ella solo buscaba que alguien la quisiera un poco.
Se inventó dos o tres personalidades más, pero ninguna era capaz de sobrevivir, porque ella sólo buscaba un poco de aceptación, algo de cariño, y la única manera que conocía para ello era complacer siempre a los demás, olvidarse de sus propios deseos y necesidades para servir a los demás.
Siguió buscando quién la quisiera por sí misma, pero tardó demasiado en volver a escuchar de unos labios un “te quiero”.
Los golpes siguieron cayendo y ella siguió levantándose del suelo, una y otra vez, pero las fuerzas cada vez le flaqueaban más. Cuando ya estuvo tan débil que supo que no aguantaría otro golpe más se encerró. Ya no tenía nada que ofrecer, ya no le quedaban fuerzas para complacer a nadie, ya no le importaba si conseguía un poco del cariño y la aceptación que tanto necesitaba, porque ya no era capaz ni de quererse a sí misma.
Durante mucho tiempo su sonrisa ha estado congelada y sus ojos me han mirado sin brillo. Aún le falta mucho por conseguir, pero está empezando a aprender a decir no.

sábado, septiembre 02, 2006

Autoretratos

Me gusta mucho esta foto. Me encanta mi pelo secándose al aire.
Me encanta este traje. Me gustan estas sandalias y el color de la piel de mis piernas este verano.
No me gusta mi cuerpo



viernes, septiembre 01, 2006

Una al precio de dos

Esta tarde he ido al cine a ver “Piratas del Caribe. El cofre del hombre muerto”.
Me apetecía ver un buen espectáculo, una película divertida, con excelentes efectos especiales y con una fotografía y unos paisajes idílicos y en ese aspecto mis expectativas se han cumplido con creces.
Pero he salido del cine indignada, ¿los estudios de cine y los publicistas nos toman por tontos?
No pienso hacer aquí una crítica de la película, ni contar el argumento, ni revelar ninguna de las tramas, pero, ¿ me puede explicar alguien por qué he pagado una entrada de cine para ver la mitad de una película siendo que ya está rodada la continuación de ésta?, ¿es que nadie más se ha quedado con cara de imbécil cuando han aparecido los títulos de crédito dejando todas las tramas sin resolver? ¿pretenden que esperemos otro año o X meses para terminar de ver la película?
Y encima nos vendían la moto de que ya estaba rodada la tercera parte...Que no es la tercera, que es el final de la misma película que yo hoy he ido a ver, sólo que por una lógica continuidad del guión se desarrolla en un tercer escenario.
Insisto, he pagado una entrada de cine para ver una película completa y me siento estafada.
Señores productores, directivos de los grandes estudios: no se quejen si después de esto el público no acude en masa a ver la “tercera” parte de los Piratas del Caribe y nos dedicamos todos a “piratearla” porque ya hemos pagado la entrada, y de tontos sería hacerlo dos veces.

jueves, agosto 31, 2006

De ruta por Extremadura ( 3 )

En mi anterior post proponía una alternativa al trayecto Plasencia - Cáceres, con muchos más kilómetros, pero merece la pena salir de la Autovía para conocer algunos de los rincones más bellos y con más historia de Extremadura y acercarse a La Raya, nombre que recibe la extensa área que de norte a sur y a ambos lados de la frontera hispanoportuguesa se extiende compartiendo un medio natural común, unos paisajes de gran belleza y sobre todo una rica y antiquísima historia de la que nos han llegado numerosos testimonios.
Desde Plasencia nos dirigimos a Galisteo; desde la misma carretera la población llamará tu atención porque se halla en lo alto de un pequeño cerro coronada por una torre de forma piramidal y porque está totalmente rodeada por una muralla de aspecto original y magnificamente conservada. Una vez en Galisteo comprobarás que la originalidad de la muralla reside en que está totalmente realizada con cantos de rio unidos con argamasa, y que es lo que más merece la pena, ya que de su antiguo castillo sólo queda el arco de entrada y la Torre de la Picota, y por cierto, también en mal estado.
Desde Galisteo, atravesando el valle del Alagón, nos dirigimos a Coria, una magnífica ciudad que hay que visitar para admirar su muralla romana, las torres y puertas árabes añadidas, el castillo y sobre todo la catedral, un majestuoso edificio del gótico tardío.

Si la catedral está abierta, no dejéis pasar la oportunidad de verla por dentro para contemplar
el espléndido coro con sillería realizada en madera de nogal y el retablo del altar mayor.
Salimos de Coria para dirigirnos a uno de los puntos clave del viaje y motivo principal de esta nueva ruta: Alcántara.
Desde la primera vez que vi una imagen del Puente de Alcántara he soñado con conocerlo, con verlo con mis propios ojos y con pasear por él. Cuando me terminé de leer El Puente de Alcántara, de Frank Baer, el deseo aún se acrecentó más. (Un inciso: bendita literatura y benditas novelas que nos hacen viajar sin movernos del sitio y recorrer y descubrir lugares únicos.)
Como decía, por fin iba a ver cumplido uno de mis sueños (hay otros lugares con los que también sueño como la Petra de los Nabateos o Santa Sofía de Estambul, pero están un poco más lejanos)
y puedo decir que en absoluto me sentí decepcionada. Es una magnífica obra de ingeniería civil, seguramente el puente romano más relevante de los que quedan en el mundo. Hablamos de un puente construido en el siglo I d.c. que salva una distancia de 194 metros con sus 6 arcos de diferente tamaño, y una altura aproximada de 71 metros y por cuya calzada, de 8 metros de anchura, siguen pasando a diario todo tipo de vehículos, pues el puente sigue siendo el único acceso a Alcántara y a muchas de las poblaciones de la vecina Portugal.
El puente de Alcántara es todo un conjunto monumental, pues además del propio puente hay que admirar también el arco de triunfo que se levanta en el centro de su calzada y en el que todavía, en la parte superior, se encuentra una placa de mármol dedicada a Trajano; cruzando el puente nos encontramos con un templo dedicado al arquitecto de la obra Cayo Julio Lácer, y a este lado del puente existe otra obra, que si bien no forma parte del conjunto romano, sí lo es del conjunto monumental, la Torre del Oro, de la época de Carlos III.
Ni que decir tiene que el puente lo crucé a pie, y no una, sino varias veces, deteniéndome a contemplar el río, la presa, el arco, las inscripciones de las lápidas e incluso las piedras. Lamentablemente sólo con palabras no sé explicar las sensaciones que me inundaban, pero entiendo que este post no trata de ello.
Bien, una vez aquí, y ya cruzado el puente, hay que dirigirse a Alcántara.
Para acceder al casco antiguo hay que atravesar el arco de la Concepción, resto mejor conservado de la muralla. Dentro de la población nos llamó especialmente la atención la Convento o Conventual de San Benito, que fue la casa prioral de la Orden de Alcántara. Consta de un edificio religioso de corte militar que contrasta con el bellísimo claustro gótico; junto a éste se ha edificado un amplio auditorio, de manera que desde la grada se contempla un escenario único, que, al parecer, acoge todos los veranos un festival de teatro.
Destaca también la iglesia de Santa María de Almocóvar, con una fachada románica y la estatua de San Pedro de Alcántara frente a ella.
Bien, hay que continuar el camino hacia Cáceres antes de que caiga el sol. De camino a la ciudad y a ambos lados de la carretera podemos observar numerosos embalses y lagunas, y poco antes de llegar a Cáceres, en Malpartida, entramos en los Barruecos. Merece la pena detenerse un rato, observar algunas aves en las charcas, admirar el antiguo lavadero de lanas junto al que se ubica el Museo Vostell, disfrutar de un bello paisaje y de una puesta de sol única.
Y, estando aquí, rodeada de inmensas moles de piedra, de miles de aves, de agua, me pregunto, ¿por qué tenemos una concepción de Extremadura como de una tierra seca, árida y pobre ? Por ahora sólo puedo hablaros de paisajes maravillosos, de ciudades y pueblos preciosos y de una riqueza medioambiental sorprendente.
Y ya con la luna brillando en el cielo llegamos a Cáceres, donde nos esperaba un baño de burbujas y una cómoda cama, siempre que fuéramos capaces de encontrar nuestro céntrico hotel y un lugar donde aparcar, pero esa historia la dejo para otro post.

miércoles, agosto 30, 2006

¡ Lo que no me pase a mí...!

Esta noche venía de hacer mi caminata habitual por el Juan Carlos y el anillo verde; todo iba bien hasta que he llegado a Silvano y el semáforo se ha puesto en rojo. No podía pararme o me enfriaría y aún me quedaba la cuesta hasta mi casa, así que me he agarrado a la farola y he empezado a hacer ejercicios de estiramiento y pequeños saltitos, vamos, lo normal.
En ese momento, a través de los auriculares, Freddie Mercury me ha cantado Crazy little thing called love y a mí se me han empezado a ir los pies; primero tímidamente, después, no sé cómo, me he encontrado bailando rock con la farola como pareja.
No lo he debido de hacer tan mal, porque desde uno de los coches (sí, el semáforo se había puesto verde y yo no me había dado cuenta) me han aplaudido.
¡ Lo que no me pase a mí...!

lunes, agosto 28, 2006

Es de buena educación saludar

Unos conocidos míos han sido robados, y tras el susto y aún en estado de shock, no paraban de repetir que los atracadores habían sido muy amables y educados. Eso me ha recordado algo que me sucedió hace muchos años, en mi primer año en la Universidad.
En aquel entonces yo compartía un piso con otras dos compañeras de la Facultad: Alicia, bastante mayor que yo, trabajaba por las mañanas en un laboratorio y por las tardes acudía a la facultad un curso por encima del mío y Linda, sólo un año mayor que yo, un curso por encima del mío pero en otra especialidad, que acudía a clase por la mañana siempre que se levantase a tiempo (casi nunca). Por cierto, yo estaba en 1º, estudiaba en turno de tarde y por la mañana trabajaba temporalmente.
Era viernes, el otoño ya estaba avanzado, pero hacía un día maravilloso, de esos que invitan a salir al campo o a un parque a pasear, así que llamé a Pauli y quedamos para esa tarde. Por un viernes que hiciera "pellas" tampoco iba a pasar nada, nadie tenía por qué enterarse. Además, Linda tampoco iba a estar en casa porque había quedado para comer en casa de su hermano y marcharse después al pueblo juntos y Alicia... ella sólo aparecía por casa para dormir o para "dormir" en compañía de alguien que no fuera su novio.
La casa sería mía, sólo mía, y el cuarto de baño, un viernes, también será sólo para mí.
Comí cualquier cosa mientras se llenaba la bañera, a la que añadí espuma, aceite, sales y todo lo que encontré; encendí velas, y en el radiocasette me puse la cinta más tranquila de las que teníamos. Me sumergí en el agua caliente, y allí me quedé, mimándome hasta que el agua se enfrió.
Terminé de enjuagarme, me sequé, masajee mi cuerpo con crema, envolví mi cabello en una toalla y cubrí mi cuerpo con otra y salí hacia mi habitación cruzando por el salón.
Y de pronto, allí, apoyado contra el lateral del sofá, ante la puerta de nuestra terraza, había un hombre. Me quedé momentáneamente parada, intenté cubrirme mejor con la toalla y acerté a
decirle:
_ Buenas tardes.
Hice un gesto como queriendo decir que iba de camino al dormitorio para vestirme y contestó:
_ Tranquila, no se preocupe. Adios, buenas tardes.
Mientras cerraba la puerta de la habitación pensando si era el hermano de Linda o algún amigo de Alicia, mi confuso cerebro se iluminó: si yo estaba sola en casa, si ninguna de mis compañeras tenía que venir a casa, si la puerta del balcón estaba abierta cuando yo la había dejado cerrada, si yo conocía al hermano de Linda y no era ése, ni tampoco ninguno de los novios de Alicia... ¿quién demonios era ese ?
Me entró el pánico y empecé a mover la cómoda contra la puerta, y encima de ella coloqué los libros más pesados. Abrí el armario, me subí a la cajonera y me quedé allí hecha un cuatro escuchando ruídos y voces fuera y temblando, y no de frío.
Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. De pronto se hizo el silencio; en algún momento debería salir del armario, pero ¿y si estaban esperándome?
Cuando pasados unos minutos las piernas empezaron a hormiguear me planteé salir del ropero, con más miedo que otra cosa, e intentar averiguar si ya se habían marchado.
Seguía sin oir ruido alguno dentro de casa, pero no me atrevía a quitar la cómoda contra la puerta. Me asomé a la ventana cuidadosamente y mi alegría fue inmensa al ver abajo dos coches de policia.
Quité los libros y el mueble que me habían servido de defensa y abrí la puerta de mi habitación con una alegría que no sé explicar. ¡Era libre!
Unos minutos despues estaba hablando con la policia. Al parecer los ladrones (eran 3) tenían controlado nuestro edificio desde hacía tiempo y sabían quién vivía en cada piso y sus hábitos. Habían decidido robar una vivienda del último piso ocupada por una viuda y su hija que estaban de vacaciones, y suponiendo que en nuestra casa no habría nadie hasta la noche, descargaban el botín en nuestro piso para sacarlo después directamente a un camión por nuestra terraza. Pero
alguna vecina cotilla vio algo sospechoso y avisó a la policia.
Cuando el agente me pidió que le contara lo que supiera del robo o del ladrón, sólo acerté a decirle:
_Era muy amable, educadamente me dio las buenas tardes.

La anécdota es totalmente real.