UN LUGAR PARA SOÑAR

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puesta de sol en la Alhambra
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miércoles, octubre 29, 2008

La mujer del hielo

Dicen que cuando estás a punto de morir toda tu vida pasa por tu mente en un instante. Ese no fue mi caso, tampoco vi la luz blanca al final del túnel, ni nada de eso que habitualmente se cuenta. Cuando recibí el golpe en la cabeza sentí un profundo dolor y un fuerte escozor, y unos segundos después noté algo viscoso y caliente que empapaba mi cabello y se deslizaba por la nuca hacia la espalda, después se hizo la oscuridad, aunque aún podía oír, oler y sentir el movimiento. Después, cuando me arrojaron al agua noté el frío, como las piernas se me iban inmovilizando, como me hundía sin poder evitarlo, como los latidos de mi corazón se iban ralentizando, como iba perdiendo los sentidos poco a poco, hasta que dejé de sentir.

No sé cuanto tiempo permanecí así, ni quién me rescató, no recuerdo nada de eso. Sólo sé que un día, de repente fui consciente de estar en una cama, rodeada de tubos, cables y máquinas, que las enfermeras me cambiaban de posición cada cierto tiempo, que me lavaban una vez al día, cambiaban mis sábanas y de cuando en cuando me observaban y hacían algún comentario.

Estaba en un hospital y estaba en un coma profundo. Según decía el personal sanitario, no había ninguna esperanza para mí, pero, al ser una desconocida no identificada, no podían desenchufarme.

Pasó un tiempo hasta que me di cuenta de que ellos no hablaban en mi lengua, pese a todo yo les entendía perfectamente. Incluso entendía a una de las señoras de la limpieza que, en otro idioma, solía cantar tristes canciones de desamor y me llamaba la mujer del hielo. A veces, mientras limpiaba, aquella mujer me contaba cosas de su triste vida de emigrante.

De pronto, un día, empecé a recordar. Había salido de España dos días antes con destino a Hungría, a Budapest, para después viajar a Viena para descubrir el esplendor del viejo imperio Austrohúngaro. No era la primera vez que viajaba sola, de hecho, desde hacía cinco años solía reservar al menos una semana para disfrutar del placer de hacer turismo internacional en solitario y a mi ritmo. Por supuesto no hablaba ni una palabra de húngaro, pero con mi inglés, mi poco francés y mucha buena voluntad, cualquier destino es accesible.

Aquel día, tal vez apabullada por la monumentalidad del Budapest histórico, majestuoso, preciosista y melancólico, decidí adentrarme en búsqueda de la realidad húngara. Todos me dijeron que Hungría en general, y Budapest en particular, era uno de los lugares con más baja criminalidad de Europa, así que no tenía nada que temer. Bien abrigada y pertrechada con mi cámara, crucé el puente de la emperatriz Isabel sobre el amarillento Danubio y me adentré callejeando en la parte más oriental de Pest. Cuanto más me alejaba del Danubio, más sórdida se iba haciendo la ciudad. El sol se fue ocultando y la temperatura descendió bruscamente. Estaba cansada, aterida de frío, sólo quería volver al hotel, y anduve en busca de una parada de autobús, de tranvía o un taxi. Tres hombres se me acercaron, se ofrecieron a ayudarme y a acompañarme hacia una parada de autobuses. Nunca llegué a la parada. En una de aquellas callejuelas me golpearon en la cabeza y me robaron todo lo que llevaba; al perder el sentido se asustaron, y decidieron tirarme en el pequeño lago semihelado de un cercano parque.

Los días se sucedían en aquel hospital. Yo quería hablar, quería moverme, hacerles ver que seguía viva, que estaba despierta, pero mi cuerpo no respondía. Un día oí decir a una de las enfermeras que iban a dejar de alimentarme, que estaba costando un dineral al hospital, y que no podían seguir manteniendo eternamente a la extranjera desconocida. Esa misma noche la limpiadora se sentó unos minutos a mi lado. Como otras veces empezó a hablar, se sentía fracasada, no soportaba la tristeza y la añoranza de los suyos y volvía a su país, porque no soportaría volver a entrar en la habitación y no ver más a la única persona que durante casi un año la había escuchado, su mujer del hielo, la que la había echo mantener la esperanza con la expectativa de verme un día despertar. Noté sus lágrimas y un beso que depositó sobre mi mejilla, y mi mente empezó a verlo todo más claro. Me iban a dejar morir, me iban a desconectar, pero yo estaba viva, podía oír, oler, sentir el tacto, podía pensar, incluso con mucha más claridad que antes. Tenía que luchar, tenían que descubrir que estaba viva.
Hice grandes esfuerzos por abrir los ojos, por emitir sonidos, por mover mi cuerpo, y, de pronto se obró el milagro: moví mi brazo izquierdo y lo llevé hasta la cara de aquella mujer. Abrí los ojos y conseguí ver una imagen diluida de su rostro.
La conmoción fue grande en el hospital. Decenas de médicos y enfermeras acudieron a la habitación. La mujer del hielo había despertado de su largo letargo. Quería hablar, pero mi garganta estaba atrofiada y ocupada por un tubo. Movía mi mano izquierda en el aire y parpadeaba intentando hacerme entender. Repentinamente fui consciente de otra realidad: mis piernas habían desaparecido, ya no estaban, y todo el lado derecho de mi cuerpo estaba totalmente inerte. Empecé a hacer grandes aspavientos y conseguí quitarme algunos cables. Los médicos hablaban en su lenguaje técnico a mi alrededor, pero, por algún motivo desconocido, yo les entendía perfectamente.
Durante varios días me hicieron todo tipo de pruebas y exámenes. Al final del día mamá Svetlana, la limpiadora, entraba a mi habitación con una sonrisa y se sentaba a mi lado para hablar un rato conmigo. Un día mi garganta fue capaz de emitir sonidos y en un lenguaje que para mí resultaba completamente extraño, ruso, conseguí mantener una fluida conversación con ella.
El neurólogo no daba crédito, era capaz de entender y hablar perfectamente en ruso y en húngaro, dos idiomas que desconocía. Hizo una prueba más, llamó a un residente, un turco; al principio me costó entenderle, pero tras unos minutos, estaba en agradable charla con él. Era increíble e inexplicable.
Hace unas semanas me han dado el alta y he vuelto a España, y me he traído con migo a Svetlana. He perdido mis piernas, la movilidad de mi brazo derecho y la visión de un ojo, pero, a cambio he recibido un don que nadie puede explicar. En pocos minutos soy capaz de entender cualquier lengua viva o muerta, y de hablarla con bastante corrección. También he desarrollado una capacidad especial para entender otros lenguajes, como la música, el lenguaje informático, el lenguaje de sordos, la telegrafía. Además mi cerebro, dañado por el golpe, es capaz de retener, archivar y explicar cualquier dato, soy como un gran ordenador viviente.
Nunca vi pasar mi vida en imágenes, ni vi la luz al final del túnel, porque nunca estuve cerca de la muerte, el hielo conservó mi cerebro dañado y le dio unas capacidades extraordinarias que me han proporcionado una nueva vida llena de posibilidades.

jueves, mayo 08, 2008

Cuentos de colores. Negro (III y última parte)

La anciana pidió un trago de agua. Se mantuvo unos minutos en silencio, con los ojos cerrados, recordando aquellos momentos, volvió a sorber un poco de agua y siguió hablando.


"Por suerte para mí, Villanueva no permaneció mucho más tiempo en casa, las batallas le esperaban. Por los periódicos que, de cuando en cuando, nos llegaban supe de su crueldad para con el enemigo y comprendí que me habían casado con un monstruo;la admiración, que nunca el cariño, que había sentido por aquel hombre desapareció y se convirtió en auténtico pavor.


Con la caída de las primeras hojas descubrí que estaba embarazada. En principio intenté ocultarlo a todos, pero me fue difícil. Mi propio padre se encargó de avisar al capitán Villanueva de la buena nueva y esa misma Navidad se presentó de incógnito, vestido de mujer, en nuestra finca para comprobar mi estado de buena esperanza. Durante aquellos días estuvo especialmente cariñoso, acariciaba y besaba mi barriga, y le hablaba con una dulzura que me parecía imposible en él. Soñaba con un hombrecito, fuerte y valiente que continuara su labor y propagara su apellido por el mundo entero. Conmigo estaba indiferente, gracias a Dios, yo sólo era el vehículo que transportaba su futura herencia.


Celebramos el Año Nuevo todos juntos en la finca, temiendo que alguno de sus enemigos pidiera acercarse demasiado; brindamos por la criatura que llevaba en mis entrañas y al poco desapareció.


Seguí con mi vida normal, tranquila, ayudando en las labores de la casa hasta la mañana que me puse de parto. Recuerdo el momento doloroso, pero como uno de los más felices de mi vida, especialmente cuando la comadrona colocó a mi criatura sobre mi pecho. Era una niña bellísima, con una abundante mata de pelo negro y una boquita en forma de corazón, el bebé más lindo que yo había visto nunca. Esa misma noche el capitán, aparecido como un fantasma de la nada se presentó en mi alcoba con la decepción y la rabia pintadas en el rostro. Tuve que escuchar los peores insultos, las palabras más amargas y dolorosas, e incluso tuve que interponerme entre él y la cunita donde plácidamente dormía mi bebé. Recibí algunos golpes, no sé cuantos, porque caí al suelo y perdí el conocimiento hasta que mi padre me recogió empapada en sangre; el capitán Villanueva había desaparecido nuevamente.


De aquella paliza me recuperé rápidamente, pero de sus insultos y su desprecio, me costó un poco más. Mi niña, crecía sana, fuerte y creo que feliz, y eso me mantenía con fuerzas, aún temiendo el momento en que mi esposo volviese a casa. Como es lógico, no pasó mucho tiempo. Durante tres días con sus tres noches fui su esclava, su amante, su enfermera, y aguanté todo tipo de vejaciones mientras la angustia y el asco se apoderaban de mí. Se marcharon pronto, llevándose de casa todas cosas de valor que teníamos, las provisiones que aún nos quedaban y parte del ganado.


Pronto supe que volvía a estar embarazada, y nuevamente mi padre dio aviso. Esta vez el capitán no acudió, y pidió que no se le molestase a no ser que naciese el ansiado varón.


En esta ocasión el parto se complicó. Nacieron dos mellizos prematuramente, niño y niña. Villanueva llegó a tiempo de verlos aún con vida a ambos, pero el niño, murió pocas horas después en brazos de su padre, que lloró amargamente como nunca lo hubiera imaginado. Incluso sentí pena por aquel hombretón roto de dolor. A la niña, como es lógico, no la hizo ni caso. Por cierto, a pesar de su carácter enfermizo y sus problemas de movilidad siempre fue la más inteligente y fuerte de todos mis hijos.

Poco después mi padre sufrió un infarto cerebral que le postró en la cama durante varios meses hasta que la enfermedad se lo llevó para siempre.


Durante casi un año no supe nada del capitán, y en aquel tiempo sucedió el echo más bello de mi vida y el que siempre he mantenido oculto. Como usted recordará, padre, en origen nuestra hacienda llegaba hasta más allá del río, lo que hoy se considera la frontera. Hubo momentos en los que algunas batallas y escaramuzas se libraban casi en nuestras tierras, e incluso fueron frecuentes las ocasiones en las que soldadesca de uno y otro bando se llegaron hasta nuestra propiedad en busca de comida o de auxilio. Entre aquellos soldados malheridos, perdidos y exhaustos apareció él. Era poco más que un niño, alguien de mi edad, asustado y con el terror gravado en sus inmensos ojos azules. Tenía algunas heridas superfluas y una pierna rota. Amparada en la bruma del amanecer cargué con él hasta nuestra casa, le subí al desván y allí me ocupé de curarle las heridas y entablillarle aquella pierna. Durante varios meses le mantuve escondido en mi propia casa sin que nadie sospechase nada. Apenas nos entendíamos, hablábamos con monosílabos y con gestos, pero, por sorprendente que pueda parecerle, padre, nos enamoramos como dos locos adolescentes a los que nada más pudiera importarles. Yo me pasaba el día esperando que cayera la noche para subir al desván a refugiarme en sus brazos, a besarle, a acariciar todo su cuerpo y amarle, y le garantizo que el sentimiento era mutuo.

Estando todavía David refugiado en nuestro desván, un amanecer Villanueva acompañado de dos de sus hombres y un par de mujerzuelas se presentó de improvisto en la casa. El terror volvió a adueñarse de mí, no sólo por lo que pudiera hacerme a mí, si no por lo que podría ocurrir si encontraba a David. Me hizo servirles comida, yació conmigo en nuestra cama, y, después, dándome un puntapié me echó de mi alcoba para hacer entrar a una de aquellas rameras. La indignación se apoderó de mí no por lo que usted está pensando, padre, si no porque vi brillar alrededor de su cuello uno de los collares de granates que había pertenecido a mi madre y que Villanueva se había llevado de casa de mi padre.

Subí llorosa al desván y le conté la situación como pude a David; él me propuso matarle en aquel mismo instante, degollarle junto a su amante, pero no me pareció buena idea, antes de que la sangre hubiera llegado a las sábanas hubiéramos muertos a manos de sus sicarios.

Esa misma noche Villanueva desapareció, llevándose, de paso, algunos corderos y un ternerillo.

La situación pareció volver a normalizarse. Por los periódicos supimos que mi esposo había ganado importantes batallas y que había ascendido al grado de coronel. Incluso en uno de aquellos periódicos vi una foto de él acompañado por algunos de sus hombres y aquella ramera, de nombre Roberta. David estaba cada día más recuperado, y yo temía el día en que me dijese que se marchaba, por eso no había noche que no pasase a su lado haciendo el amor con verdadera desesperación.

Una noche subí y el ya no estaba; en la cama encontré un corazón toscamente dibujado y unas flores. No tuve tiempo de decirle que estaba embarazada y que tenía la seguridad de que la criatura que crecía en mis entrañas era hijo suyo.

La guerra terminó ese mismo año, antes de que yo diera a luz. El Coronel Villanueva, ahora ya todo un héroe, volvió a su casa, donde recibió todo tipo de honores, fiestas y alabanzas. La hacienda volvió a transformarse, e incluso he de reconocer que logró que fuera aún más bella de lo que nunca había sido. Hizo construir una nueva casa para todos nosotros, una gran casa con todo tipo de comodidades y lujos, y, en ella instaló a su amante Roberta y a las cuatro hijos que a lo largo de los años había tenido con ella. Aún se presentaron dos mujeres más que dijeron haber sido amantes de mi esposo, acompañadas de sus hijas, que durante un tiempo también compartieron nuestro techo.

A finales del verano nació mi hijo, por fin el ansiado varón. El coronel se llenó de orgullo y presumió de hijo ante todos, sin sospechar, ni por un segundo, que aquella criatura, de piel blanca y ojos claros como ningún otro de sus hijos, era el fruto del amor de su esposa con uno de sus enemigos. ¡Qué paradojas tiene el destino, verdad padre!

Al nacer mi hijo, el estatus dentro de mi propia casa varió un poco; yo volvía a ser la señora de la casa, la que organizaba y mandaba el servicio y la que volvía a instalarse en las mejores habitaciones acompañada de mis hijos. Roberta y sus hijos ocupaban otra parte de la casa, en la que también se instalaron las otras niñas. El coronel apenas volvió a pisar mi habitación un par de veces más, prefería los brazos de su ruda amante, a la que una mañana, en presencia de todos, le arranqué el collar de granates sin que el coronel hiciese ni el mínimo gesto.

El Coronel estaba ya empezando a cansarse de su inactividad, y muchos de los que siempre le habían apoyado empezaron a presionarle para que se incorporase de manera activa a la vida política, algo que no tardó en hacer.

La calma por fin había vuelto a nuestras vidas. De cuando en cuando entre Roberta y mi hermana pequeña, que también vivía con nosotros, se organizaba alguna disputa doméstica, pero Roberta sabía de antemano que la tenía perdida. Recibíamos visitas de personalidades importantes de la región, dábamos alguna fiesta, nuestros hijos crecían en armonía y todo parecía haberse normalizado.

Una mañana salí a pasear sola a caballo hasta el río, era aún muy temprano, pero entre las brumas le distinguí. Era David. Nos abrazamos y allí mismo, junto al río hicimos el amor. Atropelladamente le conté todo lo que había sucedido desde su desaparición, pero no vi en él la reacción que yo esperaba. Me hizo muchas preguntas sobre el coronel, sobre sus hábitos, los días que salía a la ciudad, quién solía acompañarle...cosas por el estilo."

La anciana hizo una mueca y le dirigió una mirada cómplice al párroco. Empezó a sonreír, primero de manera tímida, después abiertamente.

"No es que yo colaborase en nada, pero, no soy tonta, padre, nunca lo fui, y sabía muy bien lo que David estaba intentando aún sin proponérmelo. Le di todas las respuestas que él deseaba, incluso alguna más, y le indiqué el mejor día y la mejor hora.

El coronel le regaló un vehículo a Roberta, y ella se moría de ganas por salir a la ciudad con él. Yo la animé a que lo estrenase aquel sábado yendo de compras, e incluso convencí al coronel para que la acompañara; con lo que no contaba era con que Roberto, el hijo de ambos, también quisiese ir, y no tuve manera de hacerle desistir. A la entrada a la ciudad, en el puente, una emboscada les estaba esperando. El Coronel recibió 47 balas, Roberta una docena, y al niño sólo una le hirió mortalmente.

Cuando la noticia se escribió en los periódicos se enmascaró un poco, y nada se habló de Roberta ni del niño.

Se celebró un gran funeral de estado, todo el mundo lloró tan gran pérdida, las banderas ondearon a media hasta, se sucedieron homenajes y actos, yo me vestí de negro de pies a cabeza, adopté a todos sus hijos y me convertí oficialmente en la viuda del país, en un ejemplo para todas las mujeres y hombres.

Padre, ni si quiera tenía aún 25 años y ya me condenaban a ser una viuda de por vida, la viuda de un héroe, la madre de 8 hijos de todas las edades, una mujer que debía ser un ejemplo para toda la nación.

A lo largo de todos los años la situación política ha ido variando como lo hace el viento. Unas veces yo era la imagen del enemigo, y mi finca y mis propiedades se veían esquilmadas y reducidas casi a cenizas; otras veces el viento soplaba a nuestro favor y la Hacienda Villanueva volvía a ser el epicentro de la nación, el lugar de culto. Y yo siempre aquí, en mi tierra, terca, sacando adelante a los míos sin que nadie pudiese reprocharme nunca nada.

En todos estos años sólo he sido una mujer que ha intentado sacar adelante a todos sus hijos, los propios y los ajenos, que ha visto como la muerte, la enfermedad, el dolor y las desgracias se han cebado en esta casa. Una mujer a la que no le han dejado vivir, porque el día que aquel murió, yo dejé de ser una mujer para ser una leyenda, alguien que no ha tenido derecho a vida propia, a diversiones, a amores, a nada. Llevo 75 años de luto por él, y aún hay historiadores, periodistas y curiosos que vienen hasta aquí para saber algo más del héroe, y a todos les cuento la historia que para él inventé. Nunca hablo de su carácter colérico, de sus amantes, de su trato vejatorio, de sus palizas, de su indiferencia hacia sus hijos o hacia mí, de sus robos, de su tiranía... eso, es la verdadera historia, y usted la ha conocido en acto de confesión, así que se irá conmigo a la tumba".

La anciana volvió a sonreír; se la notaba tranquila. Con gran esfuerzo cogió dos de las fotos que tenía sobre la mesilla; primero besó uno por uno a todos sus hijos, después atrajo hacia sí el retrato de su hijo, muerto pocos años atrás y llamándole David le besó repetidas veces, hasta que el marco resbaló de entre sus manos y dio su último suspiro. Le faltaban sólo unos días para cumplir 100 años.

viernes, abril 04, 2008

Cuentos de colores. Negro (II parte)

_”Esta no va a ser una confesión normal, padre, pero no quiero abandonar este mundo sin que al menos alguien conozca la verdad. Así, que, prepárese para escuchar mi historia.”_ La anciana cerró los ojos, suspiró profundamente y empezó a recordar.
_”
Yo apenas tenía trece años la primera vez que le vi, aunque, como todos, había oído hablar de él, que por aquel entonces, y por méritos propios ya había alcanzado el cargo de teniente, estaba a punto de ser nombrado capitán y era ya una leyenda local. Eran las fiestas en honor a nuestra patrona, y él era nuestro ilustre invitado; todas las fuerzas vivas del lugar se peleaban por mantener su atención aunque fuera sólo por unos minutos, y, en general, el pueblo entero se encontraba sumamente honrado con la presencia de aquel héroe, cuya misión no era otra que la de conseguir fondos para su causa y soldados para su lucha.
Yo estrenaba un precioso vestido de color rosa que mi madre me había confeccionado para la ocasión. En la iglesia me sentí observada, cuando salimos a la plaza, advertí su mirada, y, más tarde, en la procesión, nuestros ojos se cruzaron un par de veces, hasta que yo me ruboricé, aunque no niego que me sentí halagada.
Por la noche se celebró un baile en la plaza; el teniente no bailó, bastante entretenido estaba hablando con unos y con otros intentando recaudar fondos y adeptos que quisieran alistarse al ejército que estaba formando, pero entre conversación y conversación se le escapaban miradas de reojo hacia mí que todas mis amigas pudieron contemplar muertas de envidia.
Al día siguiente, hacia el medio día, el teniente apareció por nuestra finca acompañado por el alcalde. Mi padre, como la mayoría de los propietarios de fincas cercanas a la frontera, simpatizaba con la causa del teniente, y le había ofrecido una ayuda desinteresada. Mientras los hombres hablaban de política en el jardín, mi madre nos mandó a ayudar en la cocina, donde yo tuve que aguantar las oportunas bromas de mis hermanas y de la cocinera.
El teniente y el alcalde se quedaron a almorzar con nosotros. No sé cómo ocurrió, pero terminé sentada frente a él, y cada vez que levantaba la vista de mi plato me encontraba a aquel hombre contemplándome, mirándome de una manera como hasta entonces no lo había hecho nadie, y, no lo voy a negar, aquello me proporcionaba un placer por mí desconocido.
Después, durante el café alabó la comida, nuestra hospitalidad, y nos dedicó una serie de piropos a cada una de nosotras.
Pensé que nunca más le volvería a ver, que mi pequeña aventura galante había llegado a su fin, pero estaba equivocada. La tarde siguiente el teniente apareció nuevamente por nuestra finca, esta vez venía solo, y aunque su visita era inesperada mi padre le recibió amablemente. Desde la ventana de la habitación de mi hermana espié su conversación, que a mi madre no parecía agradarle, pero que finalizó con un fuerte apretón de manos de los dos hombres. Por la noche, durante la cena conocimos el tema de aquella conversación: el teniente se había sentido fuertemente atraído por mí y le había pedido permiso a mi padre para cortejarme, y éste, sintiéndose tremendamente orgulloso y halagado había accedido a que su hija mediana, su tesorito, como él me llamaba, fuese conquistado por tan gallardo prohombre.”
Un pequeño ataque de tos interrumpió la narración. El sacerdote acercó un vaso de agua a los labios de la anciana, que, en cuanto se hubo recuperado siguió con su relato.
_” La tarde siguiente el teniente se presentó en nuestra finca y tras tomar café con mi padre me invitó a pasear por el camino que bajaba hasta al río, y así empezó nuestro noviazgo, caminando seguidos de una cohorte de familiares que actuaban como carabinas. Yo apenas hablaba, mientras él me contaba miles de historias sobre batallas, justicia y libertad.
Me sentía fascinada, yo, una insignificante muchacha de pueblo elegida entre todas las mujeres por aquel atractivo hombre al que todos admiraban, estaba henchida de gozo y orgullo, y apenas me daba cuenta de lo que sucedía a mi alrededor.
La estancia del teniente en el pueblo duró sólo una semana más, y con su partida también se acabaron nuestros paseos, pero nuestra relación continuó, tornándose ahora epistolar. Cada pocos días recibía un par de cartas en las que me ponía al día de los pasos que iba dando en busca de nuevos hombres con los que formar su ejército y en las que intercalaba preciosas frases de amor, algún verso dedicado o palabras tiernas. Durante cinco meses acumulé un centenar de cartas, siempre leídas previamente por mi madre, a las que yo contestaba según su dictado, y un día, de repente, la correspondencia se interrumpió y tuvimos noticia de que la guerra había comenzado. Casi tres meses estuve sin noticias de él, hasta que una tarde apareció en nuestra finca acompañado por dos hombres y con el rango de capitán. Mientras sus hombres esperaban en el porche, al resguardo del frío de aquel invierno, mi padre y él se encerraron en el despacho. Pocos minutos después toda la familia fuimos convocada; el capitán Villanueva había pedido oficialmente mi mano y mi padre se la había concedido gustosamente.
No me pregunte cómo me sentí, padre, porque no sabría decírselo. ¿Contenta? no, ¿ilusionada? Tampoco, ¿sorprendida? no, tampoco fue esa la reacción ¿desconcertada? Sí, creo que es la palabra que mejor definiría mi estado.
Al día siguiente nos reunimos con el sacerdote y fijamos la boda para el otoño siguiente, el segundo sábado del mes de septiembre, y pocas horas más tarde el capitán Villanueva y sus hombres partieron de nuevo a la guerra.
Fue una temporada muy agitada. Cada día recibíamos expectantes nuevas noticias de la guerra; había semanas de júbilo cuando los nuestros conseguían avanzar posiciones, y momentos de desesperación y tristeza cuando se perdían batallas y hombres. Mi padre estaba más comprometido cada vez con la causa, y los beneficios de nuestra finca cada vez eran menores. Mi madre y yo ocupábamos nuestro tiempo en realizar a toda prisa mi ajuar y en convertir en un hogar una pequeña edificación ruinosa que existía en un extremo de la propiedad. Yo me veía arrastrada por todos aquellos acontecimientos sin disfrutar verdaderamente de nada.
Aquel verano fue especialmente doloroso y triste para mí. El conflicto se estaba desarrollando ya muy cerca de nuestro territorio, y las noticias que nos llegaban no eran nada halagüeñas. Cada día conocíamos nuevas derrotas, y empezamos a ser conscientes de la pérdida de numerosas jóvenes vidas. En el mes de julio una plaga de gripe azotó la comarca y en nuestro pueblo fue especialmente virulenta, acabando con la vida de muchos de nuestros vecinos. Una tarde volvíamos andando del cementerio cuando se desencadenó una fuerte tormenta. Mi madre nos apremió para llegar a la casa y refugiarnos de la lluvia, pero llegamos empapadas. Seguramente ella, en su afán de cuidar de nosotras, permaneció más tiempo con la ropa mojada, o tal vez, ya estaba enferma, el caso es que al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Esa misma noche empezó a ahogarse, y cuatro días después falleció. Se me rompió el corazón y por primera vez en mi vida supe lo que era el dolor.
Teñí toda mi ropa de negro y me abandoné a la tristeza. Era como si de repente la muerte de mi madre me mostrase por primera vez la verdadera cara de la vida.”_
De los ojos de la anciana empezaron a brotar lágrimas que se abrían camino entre los pliegues de su apergaminado rostro.
_ “Me sentía desolada, a mi alrededor sólo veía pena, muerte, injusticia y dolor. La guerra me parecía cada vez más absurda, los ideales de mi padre en un nuestro futuro destino me resultaban cada vez más insensatos, las cartas de Villanueva más atroces, y el vestido blanco que colgaba de la percha de mi armario más esperpéntico. Durante días no comí, no dormí, sólo lloré, y no solo por mi madre.
Anunciamos a mi prometido el fallecimiento de mi madre. Villanueva se presentó en nuestra casa justo una semana antes de la fecha prevista para nuestra boda en compañía del párroco. Yo estaba decidida a guardar los preceptivos dos años de luto por mi madre, pero ni mi padre, ni el capitán, ni el párroco aceptaron mi decisión y acordaron que lo mejor era celebrar el casamiento en la fecha prevista sin festejos de ninguna clase. Y así fue, el segundo sábado del mes de septiembre, a las ocho de la mañana, vestida de negro de los pies a la cabeza y sólo unos días después de enterrar a mi madre, me convertí en la señora de Villanueva.”
La anciana paró de hablar y el silencio se hizo en la habitación. El sacerdote se quedó desconcertado durante unos segundos, hasta que la mujer abrió los ojos de nuevo. Le pidió que la incorporara un poco más, y cuando se hubo acomodado reanudó su crónica donde la había dejado.
_”No sé que idea tenía del matrimonio, pero fuera cual fuera, estaba equivocada. De la iglesia nos trasladamos directamente a la casa, y mi esposo decidió consumar el matrimonio inmediatamente. No hubo palabras dulces, ni caricias tiernas, ni delicadas maneras; todo aquello que había leído en las cartas desapareció como papel mojado. Me convertí en la esclava de mi marido, siempre atenta a sus órdenes, siempre complaciente, y sobre todo asustada, pues ya aquel primer día de casados recibí mis primeras bofetadas. "

lunes, marzo 10, 2008

Cuentos de colores.Negro (I parte)

La anciana, consumida por los años y la enfermedad, minúscula en aquella gran cama de hierro forjado, abrió los ojos, y con voz aún rotunda habló.
_"Padre, ahora que sé que mi fin se acerca quiero confesar, pero antes ha de prometerme algo ante todos ellos".
_"Tú dirás hija, si está en mi mano, te prometo que así se hará."
_ "Cuando yo muera, padre, quiero que me vistan de blanco, de los pies a la cabeza, que quemen todas mis ropas negras, que me entierren vestida de blanco y descalza. Prométamelo, padre, no es una locura de una vieja senil y enferma, ha de prometérmelo delante de todos ellos. ¿Lo habéis oído todos?"
Un sí murmurado salió de la boca de los reunidos en la habitación, y el padre Damián, después de mirarlos a todos hizo su promesa a la anciana.
_"Además, quiero que quiten las cortinas de toda la casa, que abran las persianas y las ventanas, y que de una vez por todas entre la luz en esta casa. Quiero que desaparezcan conmigo todos los recuerdos amargos, las tristezas y los lutos que durante casi un siglo han cubierto esta casa. Tenéis que jurármelo todos, delante del padre Damián."
La habitación estaba totalmente en penumbra, apenas iluminada por una pequeña y débil lamparilla sobre el cabecero de la cama que le daba a la anciana un aspecto aún más tétrico. Algunas sombras parecían moverse por la habitación, pero no se escuchaban más que las oraciones murmuradas por un coro de ancianas plañideras en el vecino salón.
_"¿Acaso no me habéis oído?"_ La voz de la anciana volvió a sonar potente y enérgica, como lo había hecho durante los años que había llevado las riendas de aquella familia._ "Quiero que lo juréis todos ante el padre Damián, para eso os he reunido aquí, para que conozcáis mi última voluntad y hagáis que se cumpla. Vamos, quiero oíros."
Los allí reunidos no tuvieron otra opción más que aceptar el designio de la matriarca.
_"Bien, ahora, salid todos de esta habitación, cerrad la puerta, y dejadme a solas con el padre Damián."_ La voz había vuelto a perder la energía. _"Tengo que contarle muchas cosas, tengo que dejar este mundo limpia de pecados, mentiras, y recuerdos inventados. Vamos, hijos, dejadme a solas con el padre y rezad por mí."
Muy despacio, uno tras otro, se acercaba a la cama, besaba a la anciana y dejaba la habitación arrastrando los pies. Muy pronto se quedaron solos la mujer y el sacerdote, y, con un hilillo de voz ella empezó a contar su historia.

domingo, septiembre 30, 2007

Los tontos más listos

El Pedergal era un pequeño pueblo aislado a los pies del monte donde durante siglos la endogamia había sido una práctica común entre sus habitantes, dando como resultado un número importante de seres diferentes, o como muchos llamarían, deficientes. Conocí a algunos de ellos durante una temporada que pasé en un finca cercana al pueblo, y descubrí en ellos a unos seres con un corazón puro, sin ninguna maldad, con una capacidad enorme para la felicidad y, en los que, cuando aprendías a escuchar, descubrías que su inteligencia no era tan escasa... sólo distinta a la nuestra.

Recuerdo con especial cariño a dos hermanas: Dolores y Paquita. Ambas habían superado ampliamente el medio siglo, pero su coquetería les impedía confesar su verdadera edad, y como ellas seguían vistiendo, hablando y comportándose como adolescentes, era muy difícil saber qué edad podrían tener. Vivían solas, y Paquita era la que administraba el dinero, y todos los meses, según me contaron, tenía la misma pelea con el empleado de la Caja Rural, porque Paquita sólo quería cobrar en billetes pequeños, billetes que ella pudiera contar; así que cuando el cajero le daba un billete grande escondido entre el fajo, ella lo distinguía perfectamente y montaba un número en la oficina, porque el valor del billete grande para ella no existía, a ella lo que realmente le importaba era el número total de billetes con el que se marchaba del banco. Y, Paquita, viendo un montón de billetes sobre un mostrador adivinaba la cantidad exacta, confundiéndose en las mínimas ocasiones y por cantidades muy pequeñas. Nunca nadie fue capaz de engañarle en una suma o con el cambio en una compra.

Su hermana Dolores, Lolita, era una mujer coqueta en extremo y adicta a la limpieza, a mí, personalmente, me recordaba a la ratita presumida. Tenía una salud de hierro, hasta que al pueblo llegó un nuevo médico, un joven bien parecido del que Lolita se enamoró como una colegiala. Desde aquel momento no hubo una semana en la que Lolita no sufriera una extraña dolencia que necesitara de las atenciones del doctor, que con infinita paciencia le auscultaba, tomaba la tensión o simplemente escuchaba. Y, cuando alguien intentaba mofarse de ella, Lolita, con su habitual coquetería les narraba como le tomaba la mano (aunque fuera para medir su pulso), escuchaba los latidos de su acelerado corazón o le acariciaba, y, no pocas sentían envidia de como ella era tratada por su amor.

Conocí también a Felisín, un hombre realmente especial. De él tampoco podría decir su edad, aunque supongo que era bastante. Era un hombre para todo: igual hacía recados, que ayudaba al alguacil, que barría las calles, que hacía de arbitro en las peleas de los chicos, que regulaba el tráfico o que ayudaba en la iglesia. Pero, ante todo, Felisín se sentía músico; no había nada que le atrajese más que la música, y cuando una orquesta o una banda llegaba al pueblo, allí estaba él, admirando los instrumentos, haciendo preguntas, intentando codearse con ellos. Y, es que, al fin y al cabo, él era músico, como así se lo hizo saber un día a un trompetista de una orquesta. Cuando el trompetista, incrédulo, le preguntó qué instrumento tocaba, Felisín, muy serio, le contestó que un instrumento de cuerda, y cuando el músico, totalmente intrigado quiso adivinar cuál, Felisín orgulloso le contestó que las campanas. Y era totalmente cierto, pues era el campanero del pueblo. Con los años El Pedregal llegó a tener su propia banda y me contaron que la primera vez que la banda salió con la procesión de la Virgen de Los Montes, a Felisín le otorgaron el honor de dirigir el primer tema.

Y no quisiera olvidarme de Manolito, con el que pasé algunos ratos inolvidables. Manolito era un ser excepcional, con una memoria prodigiosa y unas costumbres algo atípicas. Era capaz de recitar de memoria pasajes enteros de varios libros, se sabía infinidad de poesías, imitaba las voces de cualquiera de los vecinos, multitud de sonidos y las voces de muchos animales. Sus predicciones meteorológicas tenían fama en toda la comarca y por las noches sabía guiarse por las estrellas. Según me contaron su infancia, a diferencia de los otros, fue dura, y, al volver del servicio militar, Manolito se encontró más sólo y desprotegido que de costumbre y empezó a refugiarse en el alcohol.

A Manolito le gustaba viajar, pero no se fiaba de los transportes. Me recordaba que cuando estuvo en Madrid solía transportar en una bicicleta paquetes de su cuartel al edificio de Correos, y, que en una ocasión, en plena Castellana, se vio rodeado de automoviles (pocos debían ser, porque me hablaba de tiempos pretéritos). El caso, es que tuvo un pequeño percance, y se asustó tanto que abandonó la bicicleta y salió corriendo con los paquetes en la mano. Desde ese día decidió que lo más práctico era ir a todas partes corriendo, y, sin importarle las distancias, de esa manera hacía sus desplazamientos.

Manolito contaba historias verdaderamente divertidas, sobretodo si le animabas la lengua con una copita de anís, y entonces recordaba con nitidez anécdotas casi inverosímiles que formaban un corrillo de parroquianos a su alrededor.

Pero lo que más le gustaba a Manolito era la radio, más que el anís. Lo más habitual era ver a Manolito por la calle con la mano izquierda sobre su oreja retransmitiendo un partido de fútbol, un noticiario, una corrida de toros o cualquiera de las coplas de Rafael Farina o Miguel Molina. Sí, he dicho retransmitiendo, porque Manolito no tenía transistor; en una ocasión, uno de sus parientes le trajo de la capital el último modelo, y Manolito no cabía en sí de gozo. Pocos días más tarde, aquel familiar vio que Manolito había vuelto a su costumbre, y al preguntarle, le contestó que ya no le gustaba, porque no decían lo que el quería oír ni cantaban lo que él quería, así que prefería su radio. Así se las gastaba Manolito.

Hace poco volví a El Pedregal. Ya no vive ninguno de ellos, y les recordé con nostalgia e inmenso cariño. Desde aquí mi pequeño homenaje para ellos.

viernes, septiembre 14, 2007

Cuentos de colores: Azul

Asomada desde mi ventana, una mañana más contemplo el mar, este viejo y tranquilo Mediterráneo, e intento divisar en el horizonte una tierra lejana y añorada, pero no veo más que azul, una tenue línea que separa el mar del cielo azul.
Protegida en mi pequeño refugio intento olvidar, sin éxito alguno, porque todo me recuerda a ti; sé que esta última ola que me ha salpicado viene desde el otro lado, y me pregunto si no habrá jugado antes contigo; los rayos de sol que doran mi piel son los mismos que a cientos de kilómetros de aquí te están iluminando a ti; pienso que esta brisa con olor a yodo antes te habrá refrescado a ti, y no puedo dejar de recordar los momentos que pasamos juntos, al otro lado de ese horizonte azul, abrazados en la arena, contemplando este mar mientras nos amábamos.
Está atardeciendo. El sol va en tu búsqueda y posa sus últimos rayos, como suaves besos, sobre la superficie de nuestro mar, y las nubes, celosas, se tiñen de un color carmesí haciendo de esta puesta de sol un espectáculo único y maravilloso, y yo no puedo dejar de pensar que tal vez tú estés contemplando esta misma visión crepuscular y estés recordando los ocasos que contemplamos juntos mientras vivimos nuestros días de amor.
Otro día más la noche ha llegado; la luna, tan solitaria como yo, brilla en el cielo y se refleja plateada en el agua; seguro que tú también la estás viendo. A lo lejos, en el horizonte pequeños puntos de luz refulgen, barcos de pescadores que tal
vez se guíen por el potente foco del faro de mi isla, como tú, si un día decides venirme a buscar. He pintado la puerta y las contraventanas de un intenso añil para que desde la lejanía puedas distinguir mi refugio, aunque pocas esperanzas me quedan ya.
En mi corazón sigue viviendo tu recuerdo mientras en mi vientre crece una criatura fruto de aquellos días de pasión. Ya queda poco para poderla tener entre mis brazos, y sólo espero que tenga los ojos tan azules como su padre, tan azules como el mar que cada mañana contemplo desde mi ventana.

sábado, agosto 11, 2007

El abuelo

El abuelo tenía la costumbre de finalizar sus frases con un sentenciador ¡coño! para remarcar con énfasis cualquiera de sus afirmaciones. Cuando algo le sorprendía o le llamaba la atención, simplemente dejaba escapar un ¡coño! y con eso tenía bastante. Y, cuando quería que algo quedara bien claro empezaba la perorata con un ¡coño! que llamaba la atención de su interlocutor.

Con el tiempo, el abuelo cada vez hablaba menos, pues menos tenía que decir, pero cada vez utilizaba más la dichosa palabrita, y dependiendo de la entonación que le diera significaba una u otra cosa, lo que indignaba bastante a su hija, quien le había recibido como herencia muchos años atrás.

Aquel día su hija acababa de servirle la sopa de cocido, y, el abuelo, sin esperar, se llevó a la boca una colmada cuchara de fideos y humeante caldo, quemándose los labios, la lengua y el paladar, por lo que exclamó

- "¡Coooooooño!"

- " Padre, ¡ deje usted de utilizar la dichosa palabrita para todo, que un día se va a morir con el coño en la boca!"

Y el abuelo, que hacía más de cuarenta años que había enviudado, suspiró profundamente, y en voz baja musitó

- " ¡Qué más quisiera yo, hija mía, que más quisiera yo!"

viernes, enero 19, 2007

La diosa




Estaba sentada frente al espejo. Desnuda, sin maquillaje e iluminada por los rayos de sol que al atardecer se filtraban entre las cortinas, podían apreciarse las huellas que el paso del tiempo había dejado en su cuerpo . Seguía poseyendo un rostro y un cuerpo de belleza armónica, pero su blanca piel había comenzado a perder su tersura y se había vuelto más flácida; pequeñas arrugas bordeaban los ojos y la boca y finos surcos se marcaban en la frente y el cuello. Sus pechos, antes redondos, duros y erectos, miraban el suelo de reojo. La cintura, que en otro tiempo había sido abarcada holgadamente por unas manos masculinas había aumentado algunos centímetros, y el culo, antes duro y respingón había descendido algunos centímetros pese a los esfuerzos en el gimnasio.


La imagen que se reflejaba en la luna de cristal era la de una atractiva mujer que había perdido su más divino tesoro, su juventud, pero que no aparentaba el medio siglo que estaba próxima a cumplir.


Sobre el tocador le esperaban tarros, botes, pinceles, botellas, lápices, barras de labios... Recogió su mata de pelo rojizo - antes natural, hoy teñido para ocultar algunas canas - y comenzó a ocultar el tiempo tras varias capas de cremas, polvos y afeites. Cuando terminó de maquillarse el espejo le devolvió la imagen de una cara hermosa y jovial sobre un cuerpo cansado.


Se perfumó generosamente en la nuca, en el nacimiento de los senos, alrededor del ombligo, en las ingles, en la cara interna de las rodillas y en las muñecas.


Se levantó despacio y se dirigió a la cama donde una serie de prendas se mostraban como si la colcha fuera un escaparate. Tomó primero un sujetador de raso y encaje negro que se colocó para reafirmar su pecho; continuó con una finísima media de cristal que se adaptó perfectamente a su pierna izquierda e hizo otro tanto con la derecha. Se ajustó después un liguero de encaje negro y finalizó con un tanga a juego: ya estaba vestida por dentro. Tres vestidos seguían exhibiéndose sobre la cama; finalmente optó por embutirse en un vestido negro con mangas hasta los codos y un amplio escote circular que mostraba generosamente su escote y su espalda. Unos zapatos de fino tacón y pulsera al tobillo completaban su atuendo.


Se encaminó de nuevo al tocador, soltó su melena y le dió unos últimos toques. Por último, se adornó con unos pendientes y unas pulseras.


La imagen que el espejo reflejaba ahora tenía al menos quince años menos que la que había visto quince minutos antes.




*******************




José Luís Azuara era un tipo mediocre, un hombre de esos que no destacan por nada y en los que nadie repara, un hombre que había pasado por la vida casi de puntillas, sin hacer apenas ruido, sin hacerse notar. Se había pasado los últimos veinticinco años dedicados únicamente a su trabajo, encerrado en un despacho, viendo números y más números mientras los años pasaban dejando su marca en una calvicie acusada y en un estómago cada vez más abultado.

José Luís era un tipo solitario, un soltero vocacional. Había amado por primera y única vez a los veinte años, con la profundidad que se ama la primera vez y con la intensidad y la pasión que se hace a los veinte años. Eran un solo corazón en dos cuerpos, hasta que un día ella desapareció sin decir adiós, sin dejar un rastro, sin una explicación, y José Luís se quedó con su cuerpo y medio corazón.

Ella desapareció, pero su recuerdo nunca lo hizo, al contrario, con el paso del tiempo creció hasta convertirse en la idolatración por una diosa. Por esta razón José Luís nunca pudo amar a otra mujer, todo su amor iba destinado a su diosa, la mujer perfecta e incomparable, y por ello desahogaba sus apetencias sexuales con mujeres públicas a las que podía comprar para gozar de sus cuerpos y humillar por unas monedas, volcando en ellas todas sus miserias y decepciones.
Para celebrar sus veinticinco años en la empresa José Luís fue recompensado con el ascenso con el que tanto había soñado y por el que tanto había peleado. Ya era uno de ellos, un directivo, un hombre importante al que todos reconocerían y temerían. Y no fue ese su único premio, sus nuevos socios le habían preparado una fiesta en uno de los clubs más discretos, elegantes y perversos de toda la ciudad.
Estaba situado a las afueras de la población. Una altísima valla rodeaba todo el perímetro evitando la vista a los curiosos. En la puerta principal un portero les solicitó una clave, y tras cruzar la puerta se encontraron con un jardín perfectamente cuidado y al final del camino una casa de estilo modernista de tres plantas. Al acceder al interior de la mansión José Luis quedó impresionado por el lujo y los detalles de buen gusto que pudo apreciar en la decoración. Accedieron a una inmensa sala circular con los suelos de mármol, ventanales cubiertos con magníficas vidrieras coloristas, muebles de ébano y lámparas de cristal tallado. Una chica jovencísima tocaba desnuda una pieza de Chopín en un gran piano de cola; algunos hombres fumaban y bebían cómodamente reclinados en butacones mientras algunas bellezas semidesnudas les atendían con caricias y mimos. Una valquiria vestida únicamente con una máscara de cuero y unas botas de altísimo tacón humillaba con un látigo a dos conocidísimos políticos oponentes en la vida pública. Mirara dónde mirara José Luis veía mujeres ligeras de ropa, sexo y lujuria.
Nunca había visto nada semejante a aquello, ni si quiera se había atrevido a soñarlo, pero no podía negar que estaba realmente cautivado. De repente, por la escalinata de mármol blanco vio descender la figura de una pelirroja embutida en un seductor traje negro. La dama avanzaba hacia ellos seguida de una cohorte de seductoras beldades, pero José Luís ya no fue capaz de apreciar nada más, porque sus ojos no podían dejar de contemplar a la mujer vestida de negro.
La observó petrificado, de arriba a abajo: contempló su pelo rojizo y rizado, sus cejas, sus felinos ojos verdes velados por aquellas magníficas pestañas, sus pómulos, aquella sensual boca pintada de rojo, su largo y blanco cuello y su escote, adivinando un lunar en el seno izquierdo, sus amorosos brazos, su pequeña cintura, sus caderas, sus esculturales piernas, sus tobillos...eran idénticos a los de su diosa, la mujer a la que amó y poseyó por primera vez cuando sólo tenían veinte años. Creyó viajar en un instante al pasado, volver a tener sólo veinte años, ser nuevamente un estudiante envidiado por media Universidad que estaba enamorada de la bella pelirroja que sólo condecía sus favores al joven Azuara. Creyó pasear nuevamente cogido de su mano, besarse en cada esquina y hacer el amor a escondidas en un 600 a muchos kilómetros de miradas y censuras, donde ayer sólo había campo y hoy se alzaban nuevas urbanizaciones. Durante sólo unos segundos evocó el sabor de sus besos, el olor de su cuerpo, el placer de la carne. Creyó estar soñando, pero las voces le volvieron a la realidad, al presente, él tenía casi cincuenta años y ella poco más de veinte, él era un hombre gris y ella una mujer reluciente.
No, no podía ser ella, era alguien que se parecía mucho a ella, tal vez su hija, ¿su hija?, no, no podía ser, ¿quién era?
José Luís sintió que la estancia daba vueltas a una velocidad vertiginosa y lo último que vio antes de percibir sólo la oscuridad fue a su diosa avanzando hacia él con su espléndida sonrisa.
Cuando despertó se encontró tumbado sobre una cama extraña; alguien le tenía tomada la mano y le acariciaba: en aquel momento supo que era ella. Y supo también que su diosa, la mujer idolatrada, había sido una mujer pública a la que cualquier hombre había podido comprar con dinero para verter en ella todas sus frustraciones. Se intercambiaron miradas llenas de preguntas y reproches mudos. José Luís no podía dejar de preguntarse cuántos hombres habrían pasado por su vida, cuántos habrían comprado su cuerpo, sus caricias, sus besos, a cuántos hombres habría amado, por qué desapareció de su vida sin una explicación, sin un adiós...
Ella odiaba en aquel momento a José Luís por haberle devuelto a la realidad, por hacerle recuperar treinta años de golpe, por hacerla envejecer de ese modo, por presentarle de modo tan crudo la realidad que ella supuso varios lustros atrás, cuando comprendió que la vida junto a José Luís sería gris y monótona, muy alejada del lujo y la opulencia con los que ella soñaba.
José Luís quiso hablar, pero ella le puso su dedo índice en la boca. Para él resultaba todo muy absurdo y ridículo, tenía ganas de golpearla, de estrangularla, pero sin saber cómo, comenzó a lamer aquel dedo. Se miraron, comenzaron a besarse y poco a poco las manos de él se deslizaron por el cuerpo de ella hasta encontrar la cremallera del vestido. Se desnudaron mutuamente, sin prisas, e hicieron el amor como años atrás, sintiendo, amando, despacio.
Desnudos, extasiados y aún con el olor y el sabor del uno en el otro, ella se levantó y cubriendo su desnudez con la sábana se giró hacia José Luís y en tono tajante le dijo:
- “ Tienes diez minutos para salir de aquí, salir de mi vida para no regresar nunca más. La mujer que tú conociste dejó de existir hace mucho tiempo, esa que tú amabas está muerta y enterrada, sólo vive en ti. Yo soy otra, y esta otra no te conviene, no te quiere, sólo quiere tu dinero. Olvídate de mí, olvídala como yo la olvidé.”

José Luís se levantó, se vistió y se marchó dejando antes un billete sobre la mesilla. Ya en su coche sintió que alguien le había robado muchos años de su vida, notó que le habían quitado el pasado, que era un hombre sin pasado, sin vida, sin historia. Se adentró en las entrañas de la ciudad y buscó un bar abierto donde poder beber para olvidar, olvidar su pasado, su amor, su diosa, su vida.
El sol empezaba ya a librar su batalla contra la oscuridad cuando totalmente embriagado abandonó el bar; en una esquina una mujer entrada en años esperaba cazar algún cliente rezagado. Llevaba una peluca tipo Cleopatra y más pintura en la cara de la que en su vida utilizó la famosa emperatriz. Su escotado suéter y su corta falda dejaban al descubierto una sobredosis de grasa, pero a José Luís le pareció sumamente hermosa y decidió comprar su cuerpo para inventar después un pasado consagrado a esta nueva diosa.

miércoles, noviembre 29, 2006

Noche de infieles

Yo llamo noche de infieles a ese par de noches al año en que casi todos salimos con nuestros compañeros de trabajo o con nuestros amigos, pero sin nuestra correspondiente pareja y en la que, irremediablemente, y por muy bien que se lo esté pasando, siempre hay alguien con sentido de culpabilidad hacia el que se ha dejado en casa; es esa amiga que no para de repetirte que se lo está pasando como nunca y que esto hay que repetirlo en más ocasiones, pero a la que a la segunda copa ya le están entrando los remordimientos de conciencia.
Hay una noche de infieles por excelencia, la de la cena de Navidad.
La nuestra prometía, un grupo de ocho mujeres solas, ataviadas con sus mejores galas, con una capa extra de maquillaje y muchas ganas de juerga.
Empezamos tomando un vinito en una antigua bodega del centro mientras esperábamos al resto de las compañeras, sólo para entonarnos. De ahí pasamos al restaurante; de la cena sólo puedo decir que fue escandalosa: escandalosamente cara teniendo en cuenta la nula variedad, la poca cantidad y la escasa calidad, y escandalosamente ruidosa ya que en el mismo salón nos juntamos con la cena de otras cinco empresas: una mensajería, una cadena de electrodomésticos, una empresa de informática, un laboratorio farmacéutico y la delegación comercial de una multinacional, los más alborotadores, tanto que ya en la cena tuvimos nuestra primera baja, una de nuestras chicas se pasó a las filas de los comerciales y desapareció entre carantoñas.
Lo mejor de la cena, sin duda, la sobremesa, a base de cánticos, chupitos de licor, chistes y comentarios subiditos de tono. Nadie se dio cuenta, pero yo me agencié la frasca de licor de manzana sin alcohol y me la bebí prácticamente entera, mientras ellas daban cumplida cuenta de un aguardiente infame y otros licores de procedencia desconocida.
Con el estomago lleno, la compañía añadida de algunos adosados de las otras mesas y haciendo eses nos dirigimos a una de las discotecas más famosas y de moda de la capital. ¡Qué lujo!, ¡qué escalera!, ¡menuda tapicería y vaya lámparas! Lástima de palacete histórico reconvertido en templo de la modernidad, pero ya se sabe, renovarse o morir. Por cierto, las ansias de mi compañera Estrella no se vieron recompensadas aquella noche, no había ningún famoso en el local, o al menos, ella no lo encontró.
Recorrimos un montón de salas pasando del trance al progresive, del hip hop al house, de la electrónica al chill aut, de la tropical al hardcore... me debo estar haciendo muy vieja, porque casi todo me parecía el mismo rollo repetitivo y aburrido. Como es lógico terminamos en una sala de pop rock español, abarrotada y repleta de gente como nosotras, que bailaba y coreaba todas y cada una de las canciones.
Como es preceptivo en la discoteca nos tomamos otro pelotazo, que ya nos lo habían cobrado con creces con la entrada, y sufrimos otras dos bajas: a Soraya le dio el ataque de nostalgia y culpabilidad por haberse dejado a su novio en casa y se marchó sin terminarse su copa, y Eva, por no ser menos, decidió acompañarla. Las jóvenes iban abandonándonos dejándonos solas ante el peligro.
No sé muy bien cuantas copas llevaba encima Maite cuando empezó su particular espectáculo: subida sobre una plataforma, descalza, bailando como si quisiera desencajarse y lanzando besos a diestro y siniestro; conseguimos bajarla cuando ya había comenzado el estripteasse. ¡Menuda cogorza! De ahí pasó a la fase de los insultos contra todos los hombres, y luego a la llorera. La metimos en un taxi en dirección a su casa y no supimos nada de ella hasta tres días más tarde.
Por cierto, por el camino perdimos a Estrella, que, como no encontró a ningún famoso, se enrolló con un chico que se parecía bastante a Enrique San Francisco, que según ella le da morbo... no sé que pensará de eso su pareja, que se parece más bien a Bud Espencer.
Ya sólo quedábamos tres, y seguíamos con ganas de diversión; Eva sugirió un local que conocía, y allí que nos dirigimos.
El Jopplin era un local que había estado de moda veinte o veinticinco años atrás y en el que nada había cambiado con el tiempo, ni si quiera la clientela. Tenía dos plantas: en la inferior la barra de madera forrada con un acolchado skay verde con los taburetes a juego lo ocupaba casi todo, dejando sitio al fondo para un par de butacones en torno a unas mesitas en penumbra; subiendo por las mullidas escaleras llegabas a una sala más amplia en la que destacaba en el centro una pista de baile, con su indispensable lámpara-bola de cristal, y a su alrededor se repartían, estratégicamente iluminadas, las consabidas butaquitas con sus mesitas... todo muy kistch.
La música era buena, se podía bailar, se podía charlar cómodamente y además preparaban unos cócteles deliciosos. Al principio estuvo bien, pero llegó un momento en que el cansancio se apoderó de mis pies y de mis párpados, y empezó mi lucha a brazo partido contra los ataques de bostezo. En aquel momento Eva nos estaba hablando por enésima vez de su maravilloso marido, de la relación de confianza que mantenían, que entre ellos no había secretos, ni celos, y bla blabla bla bla...
No podía más. Tenía que ir al servicio, orinar el cóctel y despejarme un poco antes de despedirme.
Los servicios estaban en el lugar más extraño, en la planta baja, entre la barra y la puerta de entrada. Para poder acceder a ellos tuve que incordiar a una pareja que se estaba haciendo un intensivo reconocimiento buco dental con la lengua, y, entonces, reconocí a aquel besucón: era el marido de Eva, que se mostró presto a darme todo tipo de explicaciones sin quitar la mano de entre las piernas de la rubia de bote con la que se estaba dando el lote.
En cuclillas sobre la taza del inodoro decidí sobre mis posibilidades: podía no decir nada, que Eva descubriera a su marido y se le cayera de una vez el mito y de paso la soberbia, o ser una buena amiga, subir como si no hubiera pasado nada y entretenerla un rato hasta que el susodicho fuera capaz de huir de la escena del crimen.
Opté por la segunda opción. Me dirigí a Vicente y le di cinco minutos para que apurase la copa, se despidiese de la peliteñida y se fuera a casa a esperar a que su mujercita llegase al dulce hogar; siempre recordaré la cara de Vicente.
Cuando subí Eva seguía hablando de las bondades de su marido. Tuve que disimular un poco, y convencerles para bailar la canción que estaba sonando, y aún dos más, para asegurarme de que Vicente cumplía correctamente su cometido.
Era ya muy tarde cuando nos despedimos; recostada sobre el asiento del taxi que me llevaba a casa no podía parar de pensar en mi cama, y en el hombre que me estaría esperando en ella manteniéndomela caliente, y de pronto me entró una pequeña dosis de culpabilidad... ¡con lo bien que hubiéramos estado los dos juntitos esa noche, y lo que me dolían los pies!

viernes, octubre 20, 2006

Cuentos de colores. La joven del pelo naranja


La noche que vino al mundo en el cielo se desató una gran tormenta. Los gritos de su madre quedaron ahogados por el estallido de un poderoso trueno que alcanzó el campanario del pueblo destrozando totalmente la torre de la iglesia. “Mal augurio”, predijo la partera que la ayudó a venir al mundo. Su madre murió dos días después entre terribles dolores y sin confesar quien era el padre de aquella criatura. El abuelo se vio solo con aquella niña que le ganó el corazón desde el primer minuto de vida.
Fue bautizada entre las ruinas de la iglesia con el nombre de Sara; aquella vez todo el pueblo la oyó llorar. Muchos se acercaron a verla con curiosidad, pero nadie fue capaz de encontrarle un parecido, aunque todos coincidían en alabar la belleza de aquella criatura de piel blanquísima.
El abuelo no encontró un ama de cría disponible para aquella niña y se vio obligado a alimentarla con la leche de una de las cabras de su rebaño, pero, pese a todo Sara fue creciendo sana y fuerte, y sobre todo extrañamente bella.
Un día el abuelo observó que la pelusa que crecía en la redonda cabecita de la niña iba tomando un preocupante tono anaranjado. Aquello era desconcertante, ¿a quién demonios salía aquella niña? Desde aquel día el viejo se preocupó de cubrir la cabeza de la niña con gorros, pañuelos o cualquier trapo que encontraba por la casa.
Durante un tiempo el viejo se dedicó a escudriñar a todos los habitantes del pueblo, y más tarde a los de la comarca, intentando encontrar entre todos ellos algo que pudiera reconocer en las facciones de la niña, tarea en la que no obtuvo ni el más pequeño éxito.
Sara demostró ser un bebé especial desde el principio. Comenzó a gatear mucho antes que la mayoría de las criaturas, y antes de cumplir el año ya andaba perfectamente; también comenzó a hablar prematuramente y con sólo un año y medio tenía un vocabulario extenso que manejaba a la perfección. Muy pronto también desarrolló una fuerza que llamó la atención de su abuelo, y una capacidad especial para entenderse con los animales. Pero, lo que más preocupó al anciano fue descubrir que la pequeña manejaba con una soltura especial su mano izquierda, mientras que la habilidad con su mano derecha era escasa. Prácticamente ya no tenía ninguna duda, aquella niña tenía todos los signos, y no podía ser una simple coincidencia, Sara era hija del demonio.
El temor más grande que jamás hubiera experimentado se apoderó de aquel hombre. Quería demasiado a aquella chiquilla, pero sabía que debería de deshacerse de la niña antes de que ésta creciera y se convirtiera en una criatura diabólica. Le parecía imposible pensar que un ser tan adorable como Sara, con aquella sonrisa tan dulce y aquellos ojos grises tan alegres pudiera llegar a ser alguien peligroso, pero había aprendido que alguien así sólo podía ser la última descendiente del diablo y que estaba llamada a hacer cosas monstruosas.
Faltaba poco para celebrar el cuarto cumpleaños de la niña. Aquella noche, una vez que Sara se hubo acostado, el abuelo se tomó dos vasos del licor más fuerte que encontró en la casa para infundirse un poco de valor, y armado con el cuchillo de matanza bien afilado entró en la habitación y se dirigió al camastro donde dormía la niña. Las piernas le temblaban, pero estaba decidido; con una mano tapó la boca de la pequeña y mientras, con la otra, trató de cortarle el cuello, pero en el último momento se echó atrás.
Sara oyó llorar desconsoladamente a su abuelo toda la noche. No había tenido valor para hacerlo, no podía matar a una criatura, y mucho menos a su querida nieta; además, aunque fuera hija del mismo demonio, también lo era de su propia hija, una criatura buena y abnegada hasta el fin de sus días, así que ¿por qué no iba a ser Sara una buena niña?
Desde aquel momento la máxima preocupación del viejo fue que nadie en el pueblo descubriese las señales de Satanás en su nieta. Coloreaba el pelo de la niña con las más extrañas substancias, y seguía cubriendo su cabeza con cualquier clase de tocado; vendó su mano izquierda y se la inutilizó atándosela a la espalda para así obligarle a ejercitar la derecha; exponía a la niña al sol para que su piel se curtiera y tomara el tono de cualquiera de los habitantes del lugar, y sobre todo, evitaba el contacto de Sara con los lugareños.
Sara creció confinada entre los muros de su hogar, sin apenas tener contacto más que con su abuelo y con los animales, pero feliz, porque tampoco añoraba lo que no conocía. En la pequeña huerta de la casa cultivaban todo tipo de hortalizas y verduras, y en el corral gallinas, conejos, cabras y un par de cerdos aseguraban la alimentación de la pequeña familia y descartaban el aburrimiento.
En la adolescencia la belleza de Sara llegó a su máximo esplendor, su piel brillaba con una luz especial, sus mejillas y su boca se volvieron más sonrosadas, sus formas se volvieron curvas, y su pelo centelleaba al sol como las llamas de las hogueras la noche de San Juan. Y su voz, su maravillosa y cálida voz aún la hacía más atractiva.
Todo ello no hacía si no añadir más preocupaciones al abuelo, que cada vez veía más mermadas sus fuerzas. Cuanto más intentaba mantener oculta a la muchacha, más difícil se le hacía, y pronto por todo el pueblo comenzaron a surgir rumores.
Las habladurías comenzaron a recorrer la comarca de boca en boca. Hubo quien habló de un extraño ser cuya visión era tan horrible que era mejor mantenerla escondida; otras voces hablaban de una maldición que la madre había echado a su hija antes de morir y que la había convertido en un monstruo; e incluso había quienes decían que el viejo la mantenía recluida porque era tan bella que no deseaba compartirla con nadie. Como quiera que fuese, todos aquellos chismes no hicieron sino excitar aún más la imaginación y la curiosidad de los vecinos, que inventaban mil tretas para tratar de ver que escondía el anciano en su casa.
Sara se mantenía ajena a todo aquello hasta que una noche el abuelo comenzó a sentir unos fuertes pinchazos en su brazo. Sabiendo que la muerte le estaba rondando, hablo con su nieta de las señales que el demonio le había dejado como herencia, de las supersticiones del pueblo, del castigo a aquellos que como ella estaban marcados y del tremendo amor que le tenía. Le contó todos sus temores y le aconsejó lo que debería hacer si él fallecía.
Dos días después el pueblo se despertó a media noche por los aullidos que todos los perros coreaban al unísono y comprobaron que en la casa del viejo se había desatado un incendio. Nada pudieron hacer por el anciano, cuando llegaron ya había muerto. Sofocaron como pudieron el fuego y buscaron entre los restos de la casa, pero no hallaron a nadie más, incluso los animales habían desaparecido.
Con el revuelo del incendio nadie se fijó en la carreta que cargada con los animales y unos pocos enseres había salido del pueblo y se adentraba en el bosque.
De madrugada Sara halló la cabaña que años antes su abuelo le había preparado en un claro del bosque, junto a un arroyo. Allí podía comenzar una nueva vida alejada de los rumores y las supercherías del pueblo.
Cultivaba la tierra, cuidaba de los animales, cantaba a pleno pulmón y vivía más o menos feliz en su cabaña.
Una tarde fue sobresaltada por un hombre que escapando de la justicia había resultado herido. Sara le cuidó durante varios días y sanó sus heridas con los mismos remedios que su abuelo le había enseñado a aplicar a los animales. Cuando el hombre se recuperó le contó su historia y la de los otros moradores del bosque, desheredados, inadaptados,bandidos, huídos de la justicia, o simplemente pobres.
Una mañana Sara encontró junto al río a una muchacha semiinconsciente, cubierta de sangre y harapos. Sara la trasladó a su cabaña, donde le lavó, curó sus golpes y heridas, preparó ungüentos y calmantes y la cuidó hasta que la muchacha pudo contarle su relato. Se llamaba Áurea y era bruja y sanadora, como lo habían sido todos sus antepasados; preparaba ungüentos y brebajes, pócimas y venenos, drogas y remedios, sanaba huesos y cuerpos y leía el futuro en las vísceras de los animales y en las líneas de la mano, e incluso se aventuraba a interpretar sueños y a realizar predicciones astrológicas. Siendo niña su madre y ella entraron al servicio del cacique de su comarca, al que durante años guiaron y protegieron, siendo ampliamente recompensadas. Pero la enfermedad entró en la casa del conde y los remedios de las brujas no fueron suficientes para desterrarla, y las predicciones tampoco fueron halagüeñas. Por todo ello fueron acusadas, torturadas y condenadas. La madre de Áurea había muerto en la celda, y ella había escapado cuando la trasladaban con otras mujeres acusadas de brujería.
Áurea se recuperó y se quedó a vivir con Sara en la cabaña.
De cuando en cuando aparecía por la cabaña algún hombre herido, algún enfermo, o alguien que requería los cuidados y atenciones de cualquiera de las dos mujeres.
Una noche de luna llena Sara estaba bañándose en el río cuando vio aparecer a un joven con el pelo y la barba del mismo color que su melena. Se sintieron mutuamente atraídos e hicieron el amor hasta la salida del sol. Con el alba aquel joven desapareció sin haberle dicho a Sara ni siquiera su nombre, pero dejando en ella su simiente.
Una fría noche de invierno Sara dio a luz una criatura con la ayuda de Áurea, una niña de luna llena a la que decidieron llamar Selena.
Por la comarca se extendió el rumor de que en el bosque vivía una mujer con el pelo naranja y capaz de detener a cualquier hombre con la fuerza de su mano izquierda, una bruja que tenía tratos con el demonio, y que curaba a los bandidos y a los perseguidos a cambio de sus almas impuras. Por su captura se ofrecía una importante recompensa.
La mañana en que fue capturada Sara se encontraba sola en el bosque recogiendo hierbas. Hicieron falta tres hombres para reducirla. Fue acusada de brujería y tratos con el diablo, y como castigo la condenaron a la muerte en la hoguera, pero antes raparon su anaranjada cabellera y cortaron su mano izquierda, trofeos que quedaron expuestos en la plaza mayor para recordar el triunfo del pueblo sobre el maligno.
Pese a todo, por la toda la región siguió hablándose hasta nuestros días de mujeres de cabello de color del fuego que curaban con la ayuda del señor de las tinieblas y que podían ver el futuro.
A veces, paseando por el bosque hay quien ha logrado ver una joven con una melena anaranjada flotando, corriendo entre los árboles.
Dicen que las noches de luna llena de la primavera se reúnen en un claro del bosque junto al río un grupo de mujeres que bailan desnudas a la luz de la luna en busca de un hombre al que seducir...

martes, septiembre 19, 2006

Cuentos de colores. La hoja roja

Primavera
Se conocieron en una fiesta. Ella estaba a punto de cumplir los dieciocho y había acudido como acompañante y carabina de su prima. Él estaba con un grupo de amigos celebrando la obtención de su plaza como profesor titular en la Universidad.
Ella se sentía fuera de lugar en aquel guateque. Sentada en un rincón, bebiéndose la enésima coca cola, esperaba a que su coqueta prima dejara de flirtear con un par de chicos.
Él reparó en aquella chiquilla y quiso alegrarle un poco la noche. Se sentó a su lado, hizo un par de comentarios graciosos para hacerla sonreír y reparó en que cuando lo hacía sus ojos chispeaban y cambiaban de color. Le invitó a una copa, y cuando se levantó para ir a la barra se dio cuenta de que aquella mujercita le había embrujado con su mirada. Cuando ella le besó él supo que ya no podría, ni quería, separarse de ella, al menos hasta que la noche acabase.
Al día siguiente fue a buscarle.
Al otro también. Y a la vez que la primavera comenzaba a florecer nació un romance entre dos seres tan distantes como los once años que les separaban.
Marina estaba ávida de conocimientos y Carlos gozaba proporcionándoselos. Ella comenzaba a descubrir un mundo del que él ya estaba de vuelta. Él le hablaba de los lugares en los que había estado, las gentes a las que había conocido, los libros que había leído y los sentimientos que había experimentado y ella deseaba vivirlo en su propia carne.
Carlos fue para Marina su primer amor, su primer amante, su maestro, su líder, lo era todo; para Carlos aquella chiquilla se convirtió en la mujer más importante de su vida, a la que más había amado.
Marina tenía miles de sueños por cumplir y Carlos lo sabía. El verano siguiente Marina quiso viajar, conocer mundo, estudiar otras culturas y otras gentes y Carlos supo que debía dejarla libre.
Se separaron sin lágrimas, sin ruido, casi sin palabras, pero con los corazones rotos. Los dos sabían que se amaban, pero para ninguno de ellos era el momento.

Verano
Marina viajo, aprendió idiomas, experimentó, estudió, obtuvo su diploma y consiguió un trabajo que le gustaba. Se enamoró tantas veces como se desenamoró a lo largo de aquellos años, incluso llegó a compartir su casa con un hombre durante un breve periodo.
Había llegado el momento, estaba preparada para reencontrarse con Carlos, ahora que ya había cubierto sus necesidades y que la distancia vital entre ellos había desaparecido.
Con los primeros calores las clases habían llegado a su fin, aunque Carlos permanecía en su despacho. Le recibió con una aparente frialdad que le costó bastante fingir. La encontró más bella, más madura y más atractiva de lo que conseguía recordar y mientras hablaba con ella en su estómago cientos de mariposas volvieron a revolotear, pero la realidad se imponía.
El atractivo profesor a sus treinta y seis años estaba a un paso de abandonar su soltería. La afortunada era una colega a la que había conocido dos años atrás en un curso de verano en el que ambos coincidieron como ponentes en la misma mesa.
Realmente parecía muy enamorado de Sandra.
Marina tuvo que disimular su desilusión, e incluso se inventó una relación inexistente para no quedar humillada ante Carlos.
Se despidieron deseándose lo mejor el uno al otro y sintiendo ambos que una puerta se cerraba y una nueva herida aparecía en sus corazones.

Otoño
Durante años no supieron nada el uno del otro.
Carlos escaló puestos en la Universidad, escribió un par de libros y coqueteó durante una temporada con la política.
La pasión de los primeros años de relación con Sandra se acabó muy pronto; tuvieron una hija y la rutina se instaló entre ellos. De cuando en cuando, para probar su virilidad, coqueteaba con alguna alumna, e incluso llegó a mantener un par de relaciones extramatrimoniales. Pero cuando la melancolía se instalaba en él las imágenes de Marina se apoderaban de su cerebro.
Para Marina al principio fue difícil, y durante un tiempo se dedicó a huir de los recuerdos y de sí misma. Cambió de ciudad, abandonó su carrera laboral, encontró un nuevo trabajo y se volcó en él. Durante un tiempo se cerró a todo lo que no tuviera que ver estrictamente con su trabajo, no había amistades, no había amores, no había tiempo de ocio, sólo trabajo, ascensos y aumento de responsabilidad.
Había llegado todo lo alto que podía llegar, y un día se dio cuenta de que había pasado de los treinta y estaba sola.
Conoció a un hombre tranquilo que le ofrecía serenidad para su corazón y seguridad para su vida. Tuvo muchas dudas antes de decidir compartir su vida con él. No había pasión entre ellos, aunque sí cariño, y Marina pensó que podría acostumbrarse con facilidad a esta vida tranquila. Se compraron un adosado con garaje y jardín y planearon un futuro con hijos, monovolumen y perro.
De cuando en cuando Marina tenía que viajar por motivos de trabajo. En aquella ocasión su avanzado estado de gestación le desaconsejaba tomar el avión y decidió viajar en tren. El viaje en tren hasta París se prolongaba por más de trece horas, y aunque había reservado una cabina individual en la que podría descansar cómodamente toda la noche, consideró acertado comprar algún libro.
Estaba eligiendo entre varios libros de una estantería cuando la imagen de una cubierta llamó su atención. Sí, era un libro de Carlos, y no había duda, la fotografía de la contraportada era él. Sin dudarlo un momento compró aquel ejemplar y deseó instalarse cuanto antes en su cabina para leerlo.
Miles de imágenes se agolparon de repente en su memoria, recuerdos que durante casi once años habían estado dormidos de pronto salían a la luz.
Devoró con ansia y curiosidad los primeros capítulos de la novela histórica firmada por Carlos, y en muchos gestos del protagonista descubría a su amado, e incluso en algunos pasajes encontró retazos de su propia historia de amor.
Estaba tan abstraída en la novela que decidió llevársela al vagón restaurante con tal de no perder un minuto de lectura.
Cuando el camarero fue a servir el segundo plato reparó en el libro, y le dijo que casualmente el autor de aquella novela se encontraba en el tren, cenando en una mesa a pocos metros de distancia.
Era una oportunidad que Marina no pensaba desaprovechar; armada con su libro, la mejor de sus sonrisas y precedida de una barriga de más de siete meses se dirigió a la mesa de Carlos para pedirle que le firmara su libro.
Él no pudo ocultar la sorpresa ni la alegría que aquella aparición había supuesto. Terminaron tomando los postres y el café juntos, hablando y riendo sin parar, como si no hubieran pasado once años desde el último encuentro. Se quedaron solos en el vagón restaurante, y decidieron prolongar la conversación en la cabina de Carlos.
A través de la ventanilla un tímido sol hizo su aparición por el horizonte, y ellos seguían hablando. Carlos sujetaba sus manos para refrenar las ansias que tenía de abrazar y recorrer el cuerpo de aquella mujer, y ella se mordía el labio inferior para calmar el deseo de besarle.
París siempre ha sido la ciudad del amor, pero a ninguno de los dos la estación de Austerlitz les había parecido un lugar tan hermosa como en aquella ocasión.
Marina ni si quiera llegó a instalarse en su hotel. Intentaban cumplir con sus agendas lo más rápido posible para tener el resto del tiempo para ellos solos. Paseaban por la ciudad cogidos de la mano, besándose cada pocos pasos, hacían el amor varías veces cada noche, se amaban despacio, disfrutando de su pasión como dieciocho años atrás, cuando se conocieron.
Marina sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo, pero no quería renunciar a aquel momento.
Una semana pasa muy rápidamente, sobre todo cuando se vive con la intensidad que ellos lo hacían. La última tarde, antes de dirigirse al hotel pasearon como cualquier pareja de enamorados por los jardines de Luxemburgo. Una fina lluvia comenzó a caer y se protegieron de ella abrazados bajo un gran paraguas rojo que Marina había comprado esa misma tarde. No querían volver aún al hotel, porque los dos sabían que esa iba a ser su última noche y deseaban prolongar el momento lo más posible.
Pasearon buscando los caminos menos transitados, los rincones más solitarios. El otoño parisino había vestido a los árboles del parque con tonos rojos; algunas hojas habían empezado a caer al suelo mecidas por un viento cada vez más frío; una de aquellas hojas se posó sobre el abultado vientre de Marina y al ir a cogerla una mezcla de sentimientos de esperanza, alegría, angustia y culpabilidad se apoderaron de ella. Mañana tendría que volver a su realidad, a su tranquilo matrimonio, su cómoda vida, la espera de un hijo muy deseado por el padre, verle crecer, educarle.... La semana romántica en Paris con el hombre de su vida había sido sólo un espejismo, un sueño del pasado y del que ya había huido con anterioridad.
Carlos adivinó en su mirada todos aquellos pensamientos. La amaba más de lo que nunca imaginó, pero sabía que no podía tenerla, que esta vez había llegado demasiado tarde a su vida.
Marina guardó aquella hoja roja entre las páginas del libro de Carlos. El sol se había ocultado ya y el viento comenzaba a soplar con un poco más de fuerza. Se refugiaron en el hotel donde hicieron el amor con una pasión desenfrenada, casi con violencia, porque sabían que ya no habría otra noche para ellos.
Antes de marcharse Carlos escribió una nueva dedicatoria en su libro.
Da igual el tiempo que pase. Siempre te amaré y siempre te estaré esperando. Tal vez entonces sea nuestro momento

Invierno
El invierno siguiente nació Pablo, y dos inviernos más tarde nació Marcos. Marina dejó aparcado su trabajo para convertirse en ejemplar madre y esposa, pero a medida que pasaba el tiempo se iba secando como la hoja roja que guardaba entre las páginas del libro.
Carlos se separó oficialmente de Sandra, siguió dando clases y escribió varias novelas más que le depararon un notable éxito como escritor, y en las que siempre, de un modo u otro, aparecía un guiño a Marina.
Aquel invierno Pablo iba a cumplir 15 años y su padre decidió que la familia debía celebrarlo viajando a Eurodisney. Los chicos lo pasaron estupendamente, pero a Marina el castillo del mundo de fantasía le recordó a una cárcel similar a su adosado con jardín y la ciudad del Sena le pareció más triste que nunca.
No quería seguir engañándose ni quería seguir aparentando ante su familia. Hacía mucho tiempo que había dejado de querer a su marido y su vida como ama de casa mantenida y madre solícita le estaba asfixiando.
No hubo lágrimas, ni dramas, ni reproches, ni culpables. El día que se marchó pequeños copos de nieve cubrían con un fino manto blanco el jardín de la casa.
Tardó dos semanas en llamar a Carlos. Por fin, treinta y tres años después, su momento había llegado.
Desde entonces para Marina y Carlos no ha habido más inviernos, sólo una continúa primavera en el otoño de sus vidas.

miércoles, septiembre 13, 2006

The dancing queen


Una ducha rápida, una ropa interior cómoda al tiempo que sugerente, unas finas medias, una falda corta y un buen escote. Rojo para los labios y negro para los ojos... la noche, mágica y envolvente hará el resto. La noche que todo lo cambia, lo renueva, lo hace interesante, fascinante e insinuante. Se ve, pero no se toca.
Todos pendientes de ti, ellas con envidia y ellos con deseo. Y tú moviendo tus caderas y todo tu cuerpo al ritmo de esa música que suena sólo para ti, para que tú la bailes. Y todos pendientes de ti, envidiosas ellas, lujuriosos ellos.
De pronto hace su aparición él, destacando entre los demás. Te mira, pero no como los otros; te desea, pero de manera diferente a los demás, él lo hace desde un pedestal imaginario creado por el deseo compartido.
Miras hacia el infinito, pero sólo le ves a él, porque para ti los otros han desaparecido, y sabes que él también te mira sólo a ti y que para él ya no hay nadie más.
Bailas, balanceas tu cuerpo sólo para él, que lentamente te está desnudando, y tu deseo se acrecienta más.
Las ropas van cayendo al suelo con lentitud y ligereza. Estáis frente a frente, desnudos. Te balanceas insinuante y esperas que sus manos cubran todo tu cuerpo, de arriba abajo, de adelante a atrás, de abajo a arriba, de atrás a delante.
Abres tu boca y entornas los ojos.
Tu cuerpo está caliente pese a estar desnudo, toda tu piel está tibia y húmeda. Y sientes las yemas de sus dedos recorriendo tu piel y sus manos ardientes que te acarician cada vez con mayor intensidad. Primero sientes sus dedos, largos y afilados como calientes dagas, luego sus manos, más tarde el contacto de su piel, todo su cuerpo y por último ese aliento que te está derritiendo. Y sabes, o intuyes, que él también siente tus dedos, tus manos, tu cuerpo y tu aliento.
Y sigues contoneándote y él lo hace al ritmo que tus caderas le van imponiendo.
Paseas tu lengua con dulzura por tus labios intentando acrecentar más, si cabe, ese deseo que os envuelve y os arrastra.
Estás ya muy cerca de alcanzarlo, sigue, sigue así, al ritmo de esta música, sí sigue así, sigue, sigue, así, sí, así...
Abres los ojos y él sigue ahí, a unos metros frente a ti, en su mano izquierda sostiene un cubata y con la derecha manosea el culo del propietario de una anchísima espalda, propiedad de algún Adonis nocturno. Y poco a poco los demás van surgiendo ante tu vista, con sus deseos y sus envidias. Y tú sigues bailando, excitando al personal, mientras él se enzarza en un largo y húmedo beso con el propietario de la anchísima espalda.

martes, septiembre 12, 2006

Cuentos de colores. La puerta verde

Dedicado a Hugo

Por fin había llegado el gran día, con un año de retraso, eso sí, pero había llegado. Literalmente había saltado de la cama, estaba tan excitada como la mañana de Reyes. Lo tenía todo preparado en mi cartera marrón con asa de cuero y cierres metálicos.
Ya casi eran las nueve de la mañana... ¡qué ilusión!
Por cosas de la burocracia que entonces no entendí, y que hoy sigo sin entender, había tenido que retrasar mi entrada todo un año. Durante todo aquel tiempo me pregunté por qué yo tenía que ser diferente a los demás, por qué yo tenía que quedarme en casa.
No es que no lo pasara bien con mis hermanos... es que ¡tenía tantas ganas de aprender! Pero, que nadie piense que perdí el tiempo, ya me ocupé yo de que no fuera así (bueno, he de decir que ante mi insistencia conté con la ayuda de mis padres.)
Yo hubiera preferido el modelo de finas rayas rojas y blancas con un gran lazo de raso rojo a juego, pero tuve que conformarme con el sencillo blanco. En cambio, mi hermano, para el que también era su primer día, estaba radiante con el mil rayas azul.
Salimos de casa de la mano de mi madre. Yo recorrí el camino con una alegría y un orgullo inexplicable, me sentía feliz; en cambio, la cara de mi hermano era todo un poema. Prácticamente mi madre tenía que tirar de él, mientras que a mí tenía que frenarme.
Cuando cruzamos el arco y me vi rodeada de niños de todas las edades gritando, llorando, riendo, jugando y hablando supe que ya no había marcha atrás y que esta vez mi anhelo se iba a hacer realidad.
Y por fin llegamos ante la puerta verde.
Sólo los párvulos accedíamos al colegio por la puerta verde, el resto de las clases lo hacían directamente por la gran puerta de hierro.
Pero los párvulos, de 4 y 5 años, éramos especiales. Éramos los únicos que en aquel entonces tenían clases mixtas, y, además teníamos nuestro propio patio de recreo separado del resto por una gran escalera y una pequeña tapia. Aquel patio era mucho más pequeño que el otro, pero mucho más bonito, con macizos de flores, banco de arena, algún columpio, pelotas y una fuente bajita de color verde.
Ante la puerta verde los niños y niñas, con nuestros baberos nuevos y de la mano de nuestros padres nos mirábamos unos a otros. La mayoría lloraban y hacían pucheros, mientras que yo, exultante, me dedicaba a consolar a mi hermano y a los de mí alrededor.
De pronto, la puerta verde se abrió y una mujer robusta pero con la voz muy dulce empezó a nombrar a los niños y niñas de 4 años para que formaran una fila de dos en dos y entraran en clase.
Vi a mi hermano formar parte de esa fila emparejado con una preciosa niña de cabellos dorados bastante más alta que él. Cuando atravesó la puerta nos echó una última mirada llena de temor ante el nuevo mundo que se abría a él.
Tras la última pareja de niños de 4 años la puerta verde volvió a cerrarse.
La impaciencia me iba a matar, yo quería entrar ya, ¿por qué habían cerrado dejándome fuera? Mi mirada interrogó a mi madre que me calmó dándome una explicación lógica.
Observé a las otras niñas y niños de baberos blancos; iban a ser mis compañeros durante muchos años, algunos incluso mis amigos de por vida. Había algunos que se agarraban con fuerza a sus padres, otros sollozaban, pero también había quién como yo estaba nerviosamente expectante deseando que se abriera de nuevo la puerta.
Y la puerta verde se abrió otra vez e hizo su aparición una anciana menuda de cabellos grises y maneras delicadas, doña Teresita, la mujer más dulce que se puede encontrar en un aula.
Nos fue llamando por nuestro nombre y apellidos y emparejándonos por orden alfabético.
Liberados ya de nuestros padres formamos una fila de parejas. Yo me dediqué a animar y a consolar a mis compañeras, a contarles todo lo que íbamos a hacer y lo bien que lo íbamos a pasar.
Atravesamos la puerta verde y entramos en un mundo nuevo: el colegio. Aquel fue uno de los días más felices de mi niñez. Mesas y sillas a nuestra medida, lápices de colores, una gran pizarra, letras, números, cartillas, cuadernos, instrumentos musicales y algún juguete formaban parte del decorado.
Atravesar aquella puerta era como atravesar un túnel del tiempo, dejábamos de ser bebés y empezábamos a ser niños mayores. Íbamos a aprender, a adquirir conocimientos, pero también a jugar, a hacer amigos, a ser un poco más independientes, más mayores.
Durante nueve meses atravesé con alegría la puerta verde acompañada de mi hermano, que ya nunca más entró con miedo, entre otras cosas porque desde entonces supo que siempre yo estaría a su lado. Para mí cada día allí había algo nuevo y maravilloso, algo que me hacía crecer un poco más.
Cuando aprendí la magia de juntar letras para que estas formaran palabras y a su vez llenas de sentido hice uno de los mayores descubrimientos, y desde entonces no he parado de leer, de escribir, de juntar palabras, de comunicarme con otros, y siempre recuerdo que eso lo aprendí tras la puerta verde.

lunes, septiembre 11, 2006

Cuentos de colores. Un hombre gris


Cándido Aranguren había llegado a la cincuentena con una marcada calvicie, una prominente barriga y unas importantes bolsas bajo los ojos.
Seguía trabajando en el mismo oscuro taller de artes gráficas después de 32 años; iba todos los días a comer a casa un menú que se repetía semana tras semana, año tras año. Por las tardes, tras la siesta habitual, acompañaba a su madre a dar un paseo por el parque, y todas las tardes terminaban en la cafetería Barahonda tomando un chocolate con churros. Después, ya en casa, mientras doña Bárbara tejía, Cándido devoraba otra de las muchas novelas de misterio que su madre le compraba en una librería de viejo de la calle Relojeros.
Los domingos seguía acompañando rutinariamente a su madre a misa en la iglesia de El Salvador y después, mientras doña Bárbara y las amigas se sentaban en un velador del Café Oriental a tomar el vermú, él se quedaba en la barra tomando una caña de cerveza leyendo el periódico.
Desde hacía más de veinte años, uno, o incluso dos sábados al mes acudía al burdel de Lola para desfogarse con alguna de sus chicas.
Algunos sábados acudía solo al cine, elegía una butaca en la última fila, y, antes de quedarse dormido, se dedicaba a observar a las parejas con cierta envidia.
En verano, cuando llegaban las vacaciones, cogían el tren, un autobús y un taxi para llegar hasta un villorrio donde la vida parecía haberse detenido un siglo atrás, y en el que la máxima distracción consistía en tomar las aguas medicinales de una fuente y sentarse en la plaza a contemplar a las gentes.
Cándido no tenía amigos, algún conocido al que saludaba de camino a misa o en el Café Oriental. Con sus compañeros de trabajo apenas mantenía relación, y las amistades de la infancia y juventud habían desaparecido hacía ya muchos años.
Una vez tuvo un gran amor. Blanca y él fueron novios durante siete largos años, pero doña Bárbara nunca vio con buenos ojos aquella relación. Llegaron a comprometerse y a fijar fecha para la boda, pero no llegó a celebrarse, y Blanca, marcada y avergonzada por la sociedad pacata de una pequeña ciudad de provincias, huyó sin dejar rastro.
La vida de Cándido desde que su madre enviudara, apenas había cambiado nada.
Hasta hacia quince días.
El martes cuando Cándido llegó al domicilio a medio día la mesa no estaba puesta, y la casa no olía a cocido.
Encontró a su madre en la cama, con la boca abierta y la mano derecha estrujando su camisón a la altura del pecho. Según el doctor había fallecido de madrugada de un fulminante ataque al corazón.
Durante unos días Cándido deambuló por la casa sin saber qué hacer. Un día, a la salida del trabajo, se encontró paseando su soledad y hablando solo por el parque; en ese momento decidió que su vida iba a cambiar.
Cuando esa tarde llegó a casa empezó a amontonar ropa y enseres personales de su madre para deshacerse de ellos. Después les tocó el turno a las figuras de porcelana, los jarrones, las fotos, y un montón de cachivaches estratégicamente colocados por cualquier rincón de la casa.
Al día siguiente, al volver del trabajo reanudó la tarea ordenando viejos papeles. Y en el fondo de un cajón encontró seis cartas dirigidas a él sin abrir. Los sobres estaban amarillentos, pero con claridad pudo ver que el remitente era Blanca, su amor.
En aquellas cartas Blanca le decía que siempre le amaría y le pedía que se reuniese con ella en Barcelona, donde lejos de su madre podrían comenzar una nueva vida. En la última carta le escribía que siempre le esperaría.
Aquella noche Cándido no pudo dormir, pero soñó despierto con Blanca. Recordaba el tacto de su suave piel de una transparencia como la porcelana, el aroma de su largo cabello castaño, sus ojos oscuros enmarcados por aquellas largas y espesas pestañas, su boca de fresa que tantas veces le había besado, sus pechos con los pezones siempre erguidos, los lunares de su vientre que dibujaban el mapa hacia un tesoro, sus piernas de carne prieta, sus diminutos pies siempre tan fríos... De repente la cama le pareció más grande que nunca y sintió que su vida estaba completamente vacía.
Aquella misma mañana pidió un permiso en el trabajo; después fue al banco y sacó todos sus ahorros. En la maleta sólo metió un traje y una muda, las cartas y una vieja foto de Blanca. Se despidió de aquellas viejas cuatro paredes sin saber si algún día iba a volver y se encaminó a la estación, donde compró un billete para Barcelona.
Todo el trayecto lo pasó pensando en Blanca, en lo que iba a decirle, cómo se lo iba a decir, cuál sería su reacción. De pronto pensó en la cantidad de años que habían pasado, ¿serían capaces de reconocerse?, ¿seguiría Blanca esperándole?
La llegada a Barcelona le impactó; era la primera vez que viajaba solo y la primera vez que estaba en una gran ciudad. Las dudas volvieron a hacer mella en él de nuevo.
Decidió empezar a buscar a Blanca desde ese mismo momento. En la estación tomó un taxi y le dio la dirección que Blanca apuntaba en su última carta. Después de un recorrido largo y enrevesado llegaron a un barrio modesto a las afueras de la ciudad. En el domicilio indicado en el sobre actualmente vivía una familia marroquí que no pudo darle ninguna indicación a cerca del paradero de Blanca. Preguntó en las viviendas vecinas, pero nadie la recordaba.
En un comercio de la calle una señora mayor reconoció a la joven de la fotografía y le aconsejó que se dirigiera a una fábrica de cartonajes de un polígono vecino donde tal vez podrían darle razón de ella.
En la fábrica casi nadie recordaba a Blanca, pero ante la insistencia de Cándido se ofrecieron para buscar en los archivos su última dirección y quedaron en avisarle un par de días más tarde.
Buscó una pensión en la que alojarse, se compró un teléfono móvil y algo de ropa nueva y se dedicó a pasear por la ciudad escudriñando la cara de todas las mujeres con las que se fue topando.
Buscó su nombre en las guías telefónicas, pero no obtuvo resultado.
Siguió buscando su cara por las calles, en los comercios, en los bancos de los parques, entre las mesas de las terrazas de los cafés, pero no tuvo suerte.
Volvió a la fábrica donde le dieron una nueva dirección, muy cerca del puerto, y allá que se fue con una ilusión renacida. Pero la decepción fue enorme, la casa ya no existía y en su lugar habían levantado un moderno edificio municipal.
Alguien le informó que la mayoría de los vecinos de la zona se había trasladado a Hospitalet y hasta allí se trasladó.
Pasaron otros cinco días de infructuosa búsqueda. Las esperanzas de Cándido cada vez eran menores y Barcelona y Hospitalet cada vez le parecían mayores.
Aquella tarde se encontraba agotado, física y moralmente extenuado. Paseaba solitario por el barrio gótico de Barcelona y sin saber cómo sus pasos le encaminaron hacia un decrépito lupanar.
El local era sórdido, mal iluminado y envuelto en humo y aromas agrios. En la barra una mujer de generosos pechos y abundante maquillaje entretenía a un par de octogenarios; en una mesa otros dos ancianos invitaban a una botella de champán a tres mujeres; un poco más allá una mujer bailaba para una pareja, mientras al fondo del local un grupo de cortesanas escasamente vestidas se contoneaban al compás de la música.
Pidió un cubata; la mujer de los grandes pechos abandonó al par de ajados casanovas y comenzó a hacerle arrumacos a Cándido, que terminó por pedir una habitación y un servicio completo.
Le dieron la llave de la habitación 14 y le asignaron a Cristal.
La habitación tenía las paredes forradas con un desgastado papel con motivos barrocos en tonos amarillo y plata, una cama alta y grande con el cabecero de madera arañada por el paso de los años, una mesilla a juego sobre la cual había una caja de pañuelos de papel y una lámpara con el pie de bronce, un gran espejo, un butacón raído y un perchero completaban la decoración.
Cándido ya se había desprendido de la chaqueta y de los zapatos cuando entró Cristal.
Era una mujer de mediana edad, entrada en carnes, con unos brazos fofos y unos muslos marcados por la celulitis. Su piel era tan blanca que transparentaba sus venas azuladas. Su cabello estaba teñido de un rubio chillón que contrastaba vivamente con sus oscuras cejas. En cuanto a su rostro, tal vez en el pasado había sido una mujer bella, pero los años, las tristezas y la mala vida habían ido marcándose en cada pliegue de su piel.
Sin quitarse la ropa se tumbó sobre la cama y con una voz que él rápidamente reconoció le dijo:
_ “Cándido, amor mío, cuánto has tardado, ¿no me recuerdas? Soy yo, Blanca.”
Algo pasó por su cabeza en aquel momento, un rayo que le nubló la vista y le turbó el conocimiento. Sólo podía oír la risa de aquella mujer y las palabras de desprecio que hacia ella su madre siempre había utilizado.
... .... ...
Cuando la policía llegó encontró a Cándido llorando abrazado al cuerpo inerte de la prostituta. Las paredes y las sábanas estaban salpicadas de sangre, y sobre la cama encontraron la lámpara con el pie de bronce con la que la había golpeado en la cabeza en numerosas ocasiones hasta acabar con ella. No opuso ninguna resistencia cuando se le llevaron esposado y sólo acertó a decir “la he encontrado”
... ... ...
Cuando preguntaron a los vecinos todos coincidieron al decir que no se esperaban algo así de él, que parecía un hombre tranquilo y pacífico. Casi todos dijeron que era un tipo anodino, de esos que no llaman la atención. Una vecina le definió como un hombre gris del que nadie esperaba un acto como aquel.